El aristócrata

Aristócrata gay
Aristócrata gay

Este aristócrata inglés me escribió innumerables e-mails antes de perfilar la fecha y la hora exacta.

Recuerdo que me reí en voz alta al recibir su primer correo.

Se llama Cutler! Este sí que es un nombre antiguo.

El tono barroco de su redacción, con exceso de matices y frases insertas, me dibujó un personaje que iba a representar todo un esfuerzo, ya solo por escrito.

Generalmente la forma de escribir refleja la actitud de una persona. Así que imaginé al tal Cutler como un hombre de 85 años, alto, con exceso de peso, de orejas y nariz demasiado grandes y arrugadas, ojeras acuosas y un aliento de sótano húmedo.

Su segundo correo aun fue más ceremonioso que el primero, quizá porque se alegraba de haber recibido mi respuesta. Puso fecha, lo cual entendí como un paso adelante. El domingo dentro de 12 días a las 3 de la tarde.

Quiso una descripción por escrito del masaje. Como hago siempre, me remití a las descripciones técnicas ya que cada masaje es un mundo. Su respuesta casi inmediata fue un emoji triste y un rostro violeta de diablo. Temí que cancelara.

Al día siguiente, con su nuevo correo, confirmaba que sería el masaje más caro, el de dos horas. Llegué a dudar de su seriedad. Existen algunas personas que hacen pedidos caros porque desean que les envíe fotos de mi pene. Una vez reciben la foto, nunca más se supo.

Cada vez que le respondía me enviaba otro correo con un agradecimiento flamígero, con emojis de angelitos, candelabros y frutas de bosque.

Cutler se convirtió en una pesadilla entre cada masaje de los que tuve durante aquellas dos semanas. Siempre eran mensajes exigiendo respuesta.

Cutler, el aristócrata

A continuación me interrogó acerca del lugar donde le atendería.

En aquellas fechas trabajaba en TantraTouch. Le propuse la Suite Imperial que solíamos usar para atender a parejas.

Aquella suite tenía una superficie como un apartamento entero, de unos 60 metros cuadrados. Disponía de un biombo Tailandés de madera —que ahora tengo en mi estudio de masaje gay— tras el cual había un balcón acristalado de estilo modernista. Con espacio generoso para sillas y percheros donde dejar la ropa.

También disponía de varios muebles asiáticos hechos a mano que usábamos de cómoda para el material descartable de masaje.

Todo profusamente decorado e iluminado con velas de te, y perfumado con barritas de incienso.

Los días anteriores al masaje Cutler no me ahorró mareos. Cambió el horario de la sesión con cada correo, de las 3 pasó las 2, después a la 1, y finalmente lo solicitó para el mediodía «en punto».

Llegó el día y la hora en punto. Ya estaba cansado de Cutler antes de conocerlo.

Al abrir la puerta me encontré con un joven negro extremadamente atractivo. Muy fino, elegante, vestido con un jersey de cuello vuelto de lana virgen. Todo lo que vestía, hasta los zapatos, era caro y de calidad.

Me quedé sin palabras, y él sonrió, orgulloso de haberme sorprendido.

Le invité a caminar por el pasillo, indicándole la puerta acristalada del extremo. A medio pasillo estaba la puerta del «office», que se ajustó silenciosamente a nuestro paso. Supe que mis compañeras estaban espiando.

Mientras Cutler se desvestía, fui al office a pedirles una música más suave, y todas ellas se tapaban la boca con los dedos. Ese asombro pecaminoso de quinceañera.

¡Cabronazo! ¡Vaya pedazo de negro!

¿No querrá un cuatro manos con una chica?

¡Oye, que venimos todas!

El aristócrata desnudo

Cuando volví a entrar a la suite, Cutler estaba de pie en el centro, totalmente desnudo, aunque tapándose los genitales con ambas manos, esperando con una sonrisa radiante y pícara. Su cuerpo de gimnasio estaba trabajado hasta la perfección. Me puse nervioso. Y los nervios no ayudan cuando un cliente te gusta en exceso.

Su piel negra era de ese chocolate en polvo, mate pero de textura lisa. Tenía tantas ganas de empezar a tocarlo como miedo de hacerlo mal.

Cutler tenía el pelo cortado estilo militar, pero con un degradado lateral aristocrático, cómo no. Muy bien perfilado, dibujándole una frente elegante y morbosa. Su forma del cráneo me llamaba a acariciarle la nuca. Sus orejitas eran del tamaño justo, breves, preciosas, sensuales. Ya estaba deseando acariciarlas como si fueran joyas de otro planeta.

En estos momentos me cuesta recordar más cosas que su presencia. Quizá le ofrecí un vaso de agua, no sé.

Lo que me sorprendió fue que se puso un condón. Me dijo que tiene alguna herida abierta. En ese momento su pene no estaba erecto, y quizá era su atributo más discreto.

Me comentó que en mi web aseguraba que cuidaba la higiene y la salud. Esto debía de ser fundamental para él. Dijo haber visto a su doctor antes de tomarse las cosas a la ligera.

Escuché en silencio. Deseaba firmemente crear una magia muy especial con él.

Me advirtió, al echarse sobre el tatami, con una sonrisa ya muy descarada:

“Si me gusta, suelo ponerme bastante cerdo”.

Protocolo «a pies juntillas»

Empecé siguiendo el protocolo extenso de los masajes de dos horas. Hay tiempo, pero hace falta mucha concentración, tener las ideas ordenadas y sobre todo crear el ritmo adecuado.

El control de uno mismo es uno de los aspectos que considero clave en el masaje Tantra.

Cualquier otro masajista hubiera tirado la toalla y le hubiera propinado a Cutler una relación sexual completa y apasionada, «dándolo todo» desde el principio.

Algunos clientes usan el masaje como «trampa». Hay quien en realidad desea una relación sexual. Pero como masajista nunca sabes si es el caso. Porque el resto desean de verdad un buen masaje tántrico. El sexo doméstico se lo puede proporcionar cualquier persona.

Cutler gemía sin parar. Podía llegar a ser espeluznante, y no quise ni pensar que las chicas estuvieran escuchando tras la puerta de la suite. Y qué dirían. En TantraTouch las relaciones sexuales estaban terminantemente prohibidas. Ya vi varias chicas saliendo por la puerta con una carta de despido.

Hasta los primeros 45 minutos, Cutler fue obediente y discreto. Se dejó hacer, y desplegué mis mejores técnicas de masaje tántrico. Mientras, pensaba en cuáles podrían ser los siguientes pasos.

No me equivoqué al probar con el masaje prostático. Cutler empezó a arquear la espalda, subiendo y bajando los glúteos, y a gemir con una desesperación que iba en aumento.

Con cada subida y bajada de su cadera, su pene chocaba con la superficie del tatami. Cuando vi sus huevos depilados deformándose como goma con cada golpe, sentí una descarga eléctrica en mi glande.

Me contuve, no acaricié ni su pene, que seguía enfundado en el condón, ni sus huevos. Estimular su esfínter equivalía a darle un viaje casi astral.

Me arriesgué y le trabajé también con los pies.

Aristócrata fuera de sí

Con los pies significa que empleé mis pies para trabajar sus glúteos y espalda. El receptor se da cuenta de que no es una mano, por la dureza y la forma, y suele excitarse mucho más aún. Si a esto le añadimos el fetiche por los pies que muchos hombres tienen de forma inconsciente, ya tenemos la receta del descontrol.

Me senté en el extremo del tatami, para estirar las piernas y alcanzar su entrepierna con mis pies. Trabajé sus glúteos, y cuando parecía sufrir un ataque, introduje mi dedo gordo en su ano.

Eso le puso aun más «cerdo», como dijo él, y no pudo contenerse más.

Se dio la vuelta cuidadosamente. Cambió las sonrisas por una expresión de estar fuera de sí, poseído e impaciente.

Primero me cogió un pie, con ambas manos. Luego lo acercó a su rostro, como si se tratara de un tesoro, mirándome en espera de aprobación.

Como no le frené, me chupó todos los dedos de mi pie izquierdo, uno a uno, con esa mirada hambrienta pero ceremoniosa. Mientras, yo estaba sentado con mi polla muy cerca de su esfínter, muy alto y ofreciéndose descaradamente. Me tocó la polla. Hizo como «que no» con la cabeza.

“Tienes una polla ¡preciosa! ¡Adoro esta, tu polla!”

No pude trabajarle la espalda, que era mi próximo paso.

“Esto es alucinante”.

Mientras tenía un pie literalmente en su boca, con el otro le trabajaba su testículos.

Su pene era un portento en tamaño, grosor y longitud. Aunque no pude verlo con el detalle que hubiera querido, porque no quiso quitarse el condón. Quizá tenía algún roce o alguna herida abierta.

En todo caso, era un pene totalmente cilíndrico, muy recto, sin curvaturas ni irregularidades. El glande se adivinaba rosado, como su lengua.

Rosa con rosa

Cuando terminó con el último dedo de mi pie derecho se acercó a mi polla.

La observó de cerca, con detalle, antes de introducírsela poco a poco en su boca, con esa veneración ritual.

Vi mi glande rosado sobre su lengua también rosada, y sus ojitos de botón mirándome satisfecho. Como diciendo:

«Rosa con rosa, tu polla y mi lengua encajan».

Tuve que contenerme. Cutler era un experto en las artes orales.

Después, y viendo que no iba a correrme tan pronto, dedicó toda su atención a mis sobacos y a mis pezones.

“¡Hueles tan bien! Todo… tu pecho, tus axilas, hueles a hombre, a hombre limpio”.

Hubo una postura tipo 69 pero yo me limité a rozarle la entrepierna con mi nariz. Uno de los motivos fue que el látex no me atrae lo más mínimo.

El otro motivo ya lo conocen mis clientes. El masaje erótico no equivale a sexo aunque a veces permito que el cliente se desfogue porque me resulta castrante frenarlo en exceso.

Entonces Cutler me besó el culo. Fue cuando él no pudo retener más el orgasmo.

Llenó el condón a chorros silenciosos mientras yo seguía estimulándole la próstata. El condón se llenaba de más y más semen. Pensé que con cada chorro iba a estallar, pero el látex es flexible, y tampoco se le soltó. Su grosor lo impedía. El condón estaba tan apretado desde la raíz que era imposible que se deslizara.

Cutler se echó boca arriba, extasiado. Tras unos últimos latidos más, su pene empezó a dormirse poco a poco. En cuanto pude, le quité el condón y le limpié el pene con una toallita húmeda.

Con un suspiro de éxtasis religioso, Cutler agradeció aquella higiene cuidadosa.

Luego transformé el masaje en un ritual de cariños dulces y amorosos.

Ternura

Le trabajé el pecho y el abdomen. Luego dejé caer suavemente mi cuerpo y todo mi peso cubriendo su pecho y su vientre.

Estaba cerca de su rostro, masculino y elegante. Reseguí su mandíbula, él gemía, luego rocé las yemas de mis dedos sobre sus labios perfectos. Él se acercaba a mi cara para besarme.

Luego dibujé sus cejas con la punta de mi barbilla. Le besé suavemente las orejas, luego los pezones, y cambié la postura. Era un placer observarlo y darle ternura.

Tras unos minutos coloqué mis rodillas a lado y lado de su cuerpo y me moví suavemente.

Me arrodillé a su cabeza, sobre una almohada, fuera del tatami, e inicié un masaje craneal. Con su bella cabeza apoyada en mis huevos. Lo noté tan frágil como elegante, y sostener su cráneo significaba para mí la confianza de tener su vida en mis manos.

Estando detrás de su cabeza pude ver que volvía a estar erecto. Empezó a masturbarse y aprovechó la cercanía de mi polla a sus mejillas. Giró su cara hacia mi polla, y me lamió sumiso, como entregando su destino.

“Eres alucinante”.

Le noté preocupado por la hora porque hizo un gesto con su brazo izquierdo, como si quisiera consultar un reloj que no llevaba puesto.

Las dos horas habían pasado, aunque mi reloj interno me decía que era solo el principio.

Le acerqué la bandeja con el botellín de agua mientras se incorporó, ligeramente ladeado. No paraba de decir “thank you” todo el tiempo.

Cuando le acompañé por el pasillo hacia el baño sentí la presencia de las chicas merodeando. En ningún momento nos molestaron, pero debían sentir mucha curiosidad y seguramente me exigirían detalles.

La despedida del aristócrata

Tras su ducha me quedé en la suite con Cutler observando cómo se vestía. Me había puesto mi uniforme, a base de una camiseta negra y una bermuda de seda negra.

Le pregunté de dónde era, bromeamos. Le dije que jamás antes había escuchado su nombre, y ratificó mi primer pensamiento acerca de su nombre:

Me pusieron el nombre de mi abuelo. Hay quien dice que suena pasado de moda.

Opté por el silencio que otorga. Su nombre se veía compensado por quién era.

La próxima vez quiero más… tiempo.

Me guiñó un ojo.

Cuando se hubo vestido me preguntó cómo eran el resto de gabinetes. Le mostré los gabinetes interiores, mucho menores, y finalmente la suite 5, que daba a la calle Balmes. Se quedó parado a la entrada en un gesto de solemnidad, pero dijo:

De entre todas, la que elegiste para mí es la mejor.

Cutler seguía en modo aristócrata, agradeciéndolo todo, incluso que le abriera la puerta. Me excusé porque sonaban las alarmas de mensajes del facebook en el hilo musical, pero no se dio ni cuenta.

“See you next time”.

Empezó a bajar por las escaleras y me quedé observando unos segundos. Cuando Cutler descendía detrás de la estructura del ascensor de madera, escalones abajo, vi en la oscuridad la piel más clara de la palma de su mano. La levantaba para dar su último saludo.

Si deseas leer otros relatos eróticos, seguirás disfrutando. Aunque lo mejor de todo es vivirlos. La excitación que se siente con un masaje real es incomparable con su lectura!

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Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!