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Fernando de Brasil

Fernando de Brasil es el primer relato erótico gay que publico en este blog. Sigue hasta el final de esta entrada para más enlaces para leer anécdotas reales.

Antes de que lo leas y me preguntes, ya te adelanto que este relato es la transcripción de un masaje real.

Así que, en vez de un relato, estamos ante un hecho real. Casi todos los masajes que realizo tienen este componente de excitación morbosa.

¡Y muchas sorpresas para el cliente! Que, como verás, puede ser un amigo con quien se comparten secretos. Aunque no nos veamos nunca más.

Fernando me llamó una tarde de verano. Su voz y su acento eran típicos de Brasil. Lo reconocí gracias a mis años de haber vivido en Rio de Janeiro.

Fernando de Brasil

Existe el tópico de que los brasileños son extrovertidos, alegres y algo impulsivos. Pero el tono de Fernando era tímido. Realizaba las preguntas acerca de mi masaje con mucho cuidado, sin querer faltarme al respeto.

«Soy un hombre casado».

Era un susurro. Los clientes a menudo comienzan con una confesión. Así expían una cierta sensación de culpa, antes de que nadie lo pida.

«Estoy interesado en el Tantra. Sería contigo, ¿verdad?»

Empecé a sentir una química especial. En sí, aquella llamada ya era como un baile de seducción. Nuestro tono pausado, susurrado y cuidadoso ya era tántrico.

Imaginé un hombre maduro, viril y con sus ideas claras, aunque con ganas de experimentar algo nuevo. Algo que quizá no había probado antes.

«Jamás me ha tocado otro hombre».

El mito del heterosexual curioso

Como verás en futuros relatos eróticos que publicaré aquí, a menudo me contactan hombres que se definen —sin que yo se lo pregunte— como heterosexuales.

Muchos de ellos lo son.

pero existen otros que, por algún motivo, creen que a los masajistas nos da más morbo atender a un hombre heterosexual. Quizá porque algunos sienten una especie de triunfo por haber «transformado» o «convencido» a que un heterosexual se transforme en gay.

Cuando en realidad el factor química es el más determinante. Las etiquetas, la edad, la complexión física e incluso la dotación genital intervienen muy poco. Al menos en mi caso. Porque este tipo de personas no imaginan que la manipulación o el engaño, al final, tienen un efecto contrario.

No era el caso de Fernando.

Quería aprovechar un espacio de tiempo que su esposa estaba destinando a hacer compras.

Fernando tenía prisa por aprovechar aquella ventana de oportunidad, lo entendí y salí «volando» con mi moto hacia su hotel.

Entré en su habitación pidiendo permiso, tal como se hace en Brasil:

«Com licença».

Fernando dio un paso atrás para permitir que entrara en su habitación. Estaba visiblemente nervioso, pero también se percibía su excitación sexual. Su lenguaje no verbal eran gestos acogedores y cautelosos. E impacientes.

El primer momento

Cuando saqué mi maletín de masajes a domicilio coloqué la crema y el botellín de aceite sobre el tocador del baño. Su anillo de casado y el neceser de su mujer estaban a la vista. Quise ignorarlo, a veces el exceso de información puede alterar el curso sano de un buen masaje.

Pensé que las mujeres también marcan territorio, incluso cuando no imaginan que habrá una intrusa —aunque ése no era mi caso. Era peor.

Me estremecí imaginando que pudiera llegar su esposa antes de hora. Más que nada, por el pánico que provocaría en él y el drama conyugal que desataría. ¿O quizá no?

Hombre casado de verdad

Como siempre, hablo unos segundos acerca de las expectativas del cliente. También comentamos los límites y por supuesto confirmamos el precio. Siempre en función de lo que desea el cliente.

Aunque a veces mi imaginación vaya más allá.

Con Fernando era fácil confiar en sus intenciones reales. La curiosidad y la exploración de algo totalmente prohibido eran el aspecto más relevante de su fantasía erótica.

Fernando llevaba el albornoz del hotel bien puesto y bien atado. Me desnudé ante él, sin mirarlo fijamente, solo de forma amable, sin presionarle ni inducirle a prisas.

Como siempre, el ritmo del masaje debe adaptarse al ritmo del receptor. A menudo conviene rebajarlo, pero nunca forzarlo.

Albornoz y morbo

Fernando apartó ambas manos del albornoz, donde previsiblemente estaba su pene. Pude ver un bulto y reconocí a tiempo un movimiento elástico en su interior.

Fernando estaba aterrorizado, y en su sonrisa se mezclaban la amargura de la infidelidad con el deseo irrefrenable. Sinceramente, aquello me excitaba tanto que, al bajar mi slip, yo ya estaba erecto.

Fernando era un hombre maduro, alto y muy masculino. De rostro no especialmente guapo, pero la transparencia de sus expresiones le daban un encanto especial. Tímido, ilusionado y algo cándido. Estaba claro que estaba viviendo un momento clave, muy deseado.

«Tú ya estás a punto».

Observó con voz trémula, mirando fijamente mi pene erecto.

Pensé que quizá no había visto muchos penes en su vida. Quizá en el gimnasio y poco más. Quizá es de esos hombres que miran de reojo en el vestuario.

En estos momentos es cuando un masajista debe recordar cual es su oficio. Son instantes cruciales para no echar a perder un buen masaje. Siempre me exijo autocontrol. Al fin y al cabo, quien paga es el receptor, y yo debo atenderle con un masaje.

Ya que ambos estábamos de pie, inicié la sesión con el masaje vertical.

Seguía con su albornoz puesto, y la intriga acerca de su pene seguía en vilo. Le dije que hiciera lo mismo que yo, y empecé a acariciar sus hombros. Algo se movió más abajo.

Masaje vertical

Sin mirar, reconocí que el albornoz se había abierto y, como un resorte, había aparecido el pene oscuro y grueso de Fernando. Apareció chocando directamente contra mi pene, ya que ambos tenemos una estatura muy similar.

Sentí un latigazo dentro de mi glande. Seguramente aparecieron las primeras gotas de líquido pre-seminal.

El pene de Fernando latía como un corazón, y empezó a mojar mi pene con su propio líquido pre-seminal.

Temí que eyaculara en aquel momento, e intenté alejar los estímulos de la zona genital llevándolos hacia su cabeza. Orejas, nuca, rostro. Caricias tiernas, mirándole a los ojos. Su aliento seguía entrecortado, pero su mirada había cambiado la tensión por una cierta ternura. Como ladeaba algo su cabeza, interpreté que su expresión era una especie de agradecimiento.

Descubriendo el vello

Seguramente habríamos podido seguir de pie, frente a frente, mucho más tiempo. Aquellos primeros 10 minutos ya le habían aportado a Fernando una satisfacción superior a la que esperaba. Solo por haber materializado una fantasía importante en su vida.

Pero las cosas iban a más.

No se atrevía a tocarme, de modo que, cuando quiso probarlo, me pidió permiso. Acarició de una forma tierna mi pecho. Lo miraba fijamente, mientras nuestros penes palpitaban casi al unísono, aunque con esa arritmia que lo hace todo más espontáneo y morboso.

«Me encanta el pelo de tu pecho. Tiene un tacto especial. Es tan suave… nunca había tocado un hombre. ¿Puedo?»

Reflexioné un segundo acerca de lo diferente que le resultaba mi cuerpo, comparado con el de su esposa.

Estaba claro que no era simplemente un tema de contacto genital. Fernando disfrutaba pudiendo tocar todo mi cuerpo. Porque su excitación sexual no provenía tan solo del estímulo genital. Estaba ante un hombre masculino, que es lo que él deseaba, y podía entretenerse descubriendo mi cuerpo. A su ritmo, a su aire.

Como una brisa suave en Leblon.

Masaje horizontal

Para no derivar hacia una experiencia sin guía, le propuse echarse sobre la cama.

«¿Ya hemos empezado el Tantra?»

«Sí, estamos descubriendo nuestros cuerpos. Ahora te relajaré para que entres en una frecuencia diferente».

Jamás les comento la intención verdadera, para no anticiparla ni estropearla.

Dejó el albornoz sobre la silla con cuidado. De forma espontánea, Fernando se tumbó boca arriba, pero le corregí, pidiéndole que empezáramos boca abajo. Adiviné un ligero gesto de frustración en su rostro.

Su cuerpo me pareció heroico, echado sobre la superficie de la cama, con los pies sobresaliendo por un extremo.

Normalmente suelo usar aceite caliente para los masajes, pero aquella tarde de verano pedía algo más fresco.

Con la punta de mis dedos recorrí su cuerpo de pies a cabeza, luego al revés. Varias veces, mientras su vello suave se erizaba. Fernando levantaba la cadera. Estaba claro que su erección persistía y que necesitaba acomodar su enorme pene.

La música acompañaba muy bien el ritmo que habíamos tomado, especialmente las pequeñas y lejanas campanas propias de la música oriental.

Impaciencia

Fernando de Brasil giró su cara hacia donde pensaba que yo estaba y susurró:

«Jamás había sentido este placer. ¿Qué es este masaje?»

«Es el masaje de glúteos».

«Noto que me excita aún más, ¿es normal?»

Recorrí la raja entre sus glúteos con el dorso de mi mano. Levantó la cadera de nuevo, pero no me atreví a probar el masaje prostático. Para algunos hombres heterosexuales esto puede ser un trauma, si no lo piden explícitamente. Aunque imaginé que a Fernando le encantaría.

Deseaba pasar mis manos por debajo de sus caderas y estimular su pene, pero por un lado supe que no era necesario, y por el otro quería torturarlo mucho más.

Cuanto más tiempo dura la excitación con esta intensidad, mayor es el placer al final.

Y Fernando se estaba impacientando.

Boca arriba

Hasta que me pidió permiso para darse la vuelta. El matiz está en que lo pedía mientras se iba girando, y no hubo forma de detenerlo.

«Quiero verte mientras me tocas. Quiero poder acariciar tu vello corporal».

Ver a Fernando de Brasil así, mirándome fijamente, con deseo y con miedo, todo a la vez, era también una experiencia para mí.

Su pene latía con fuerza. Evité tocarlo, con gran autocontrol por mi parte.

Yo también sentía que al mínimo roce con mi pene, no podría evitar eyacular. Incluso sin necesidad de tocarme.

Por suerte, Fernando evitaba tocar mi parte genital. Seguí con las caricias y los movimientos tántricos, lentos y pausados, mientas él enloquecía más y más.

El tiempo y Fernando de Brasil

Su timidez se transformó en voracidad e impaciencia. Yo estaba perdiendo la noción del tiempo, pero no la concentración.

Una de las posturas tántricas más atrevidas les recuerda mucho el «69» a los clientes. Consiste en acercar los genitales a la cara el uno del otro, emulando la figura del «ying» y el «yang».

Esta postura acelera la circulación de la energía sexual, no solo por recordar el sexo oral recíproco. Existen todo tipo de teorías que describen esta postura como un motor eléctrico. Cuando los imanes de cargas opuestas se colocan de una forma determinada, el movimiento es imparable.

Y fue lo que sentimos ambos.

Fernando de Brasil quizá esperó deseando en silencio que se materializara ese contacto oral, y su pene, a pocos centímetros de mi cara, empezó a palpitar de una forma muy animal. Todas las venas alrededor de su pene parecían explotar de tensión sanguínea, y el glande asomaba más y más dejando el prepucio atrás, transformándose en un cañón que ya no puede retener la explosión.

Su pene era un animal oscuro, primitivo y voraz que no iba a saber controlar ni el deseo ni el placer.

Masaje «centurión»

En cierta ocasión comentaba con un amigo masajista que le había puesto nombre al contacto con fricción de pene con pene. Llamé «masaje centurión» a esta práctica, que otros llaman «frotting«.

Consiste en lo que le hice a Fernando de Brasil, logrando que su rostro perdiera la timidez, el sosiego y la vergüenza. Estoy seguro que olvidó que estaba casado durante un buen rato.

Me resulta difícil describir cómo lo hago, pero consiste en lograr un contacto tal de pene con pene, moviéndose sobre el receptor, incluso friccionando sus testículos.

Fue precisamente así, con este contacto tan íntimo, tan raro y poco frecuente, que de repente Fernando dejó de respirar.

Me detuve. Estudié su rostro. Los ojos desorbitados, la boca entreabierta. Apoyado sobre sus codos y ligeramente incorporado hacia adelante, permaneció en silencio e inmóvil unos segundos. Su expresión era de sorpresa incontenible.

Como si despertara un géiser en Islandia, de repente asistí a varios chorros sucesivos en forma curva que alcanzaron primero su pecho, luego su hombro y finalmente mojaron su vientre con semen.

Cerró los ojos, respiró muy hondo. Lo observé en silencio, respetando ese momento que supuse era de placer extremo.

También respiré, y me eché cuidadosamente a su lado.

Las brasas del placer

El rostro de Fernando transmitía una felicidad desmedida.

Creo que esos minutos de silencio fueron más valiosos que si hubiera intentado algún tipo de conversación banal.

«Me encanta esto del Tantra».

Dijo Fernando de Brasil, finalmente. Aunque yo recordaba que existía una esposa, no la mencioné. Así lograría que él desconectara de su rutina.

Creo que Fernando realmente desconectó de todo su entorno. Empezó a acariciarme suavemente el pecho, luego mi abdomen. Y tocó mi polla de una forma que solo podría describir como «experimental». Yo seguía algo erecto, y él cambiaba con gestos muy precisos la orientación de i pene, de un lado a otro. Luego también me descapulló el prepucio. Al ver que me excitaba, intensificó sus juegos poniendo a prueba la elasticidad o el «rebote» de mi polla. La doblaba en el sentido de mis testículos para soltarla. Hacía un chasquido cada vez que chocaba con mi ombligo.

Fernando parecía un adolescente que juega con el cuerpo de un amigo.

Contesté a sus juegos con caricias y gestos equivalentes, y Fernando se excitó de nuevo. No me equivoqué al imaginar que aquella eyaculación tan abundante no excluía que tuviera más reservas de semen.

Fernando multiorgásmico

El segundo orgasmo le aportó a Fernando de Brasil una expresión de felicidad ya no tan sorpresiva sino más serena. Fue la segunda eyaculación la que le aportó una paz definitiva, en la que pareció instalarse por mucho tiempo.

«Esto es muy diferente».

«¿Respecto a qué?»

«A estar con una mujer. Me gusta».

Conversamos sobre las diferencias a las que se refería, y me quedó claro que siempre tuvo no solo la curiosidad por el Tantra sino la fantasía de «estar a solas» con un hombre.

«Me lo has dado todo. Probar con un hombre y a la vez un masaje tántrico».

Así como otros muchos hombres mienten acerca de su «primera vez», Fernando me pareció sincero, especialmente porque este dato le parecía irrelevante.

«Con mi mujer todo es muy rápido. Me has torturado bastante, y creo que con esto me has descubierto más cosas de las que esperaba acerca de mí».

Epílogo

Te parezca triste o no, mi oficio es así. Tras unos minutos más de conversación, me duché, me vestí, recogí mis enseres y nos despedimos.

Jamás sabes cuándo volverás a ver a un cliente en concreto. A veces te sorprendes, y al cabo de siete años aparece alguien de quien te acuerdas tan bien como recuerdo a Fernando de Brasil.

Otras veces te sorprenden las coincidencias.

Aquí puedes ver otros relatos eróticos, todos ellos reales.

Como cuando conocí a Jack, un profesional único del masaje erótico. Entenderás por qué si le echas un vistazo a este relato erótico, también real, en el que participamos Jack, yo y una pareja de chicos americanos muy grandes. En muchos sentidos.

Al describir la heterosexualidad de Fernando mencioné otros casos anteriores. Estaba pensando en el chico heterosexual con intenciones de tentar el peligro. Es otro relato erótico.

Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!