Futbolista

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Futbolista relato erótico gay

No hay masajista que no haya atendido a un futbolista famoso. Sea cierto o no, parece que es una cuestión de prestigio.

Nombres, fechas, equipos, incluso iniciales. A menudo no faltan detalles, excepto las descripciones reales de las partes anatómicas íntimas.

Vamos a llamarle Juan Carlos. Como no soy aficionado al fútbol, jamás hubiera sabido quién es.

A partir de aquel día, lógicamente me alegro cuando lo veo en los medios. No voy a negar que me llena de cierto orgullo.

Pablo, un cliente mío, fue quien siempre me hablaba de él. Pablo y su esposa son amigos íntimos de Juan Carlos y sus novias de turno. En cuanto a Pablo y Juan Carlos, tienen un nivel de complicidad más allá de toda comparación.

En algún momento Pablo le habrá comentado —en privado— que usa mis servicios de masaje tántrico. Después de mucho insistirle acerca de los beneficios terapéuticos de mi trabajo, Juan Carlos aparentemente dio su brazo a torcer. Para no exponer su teléfono, fue Pablo quien organizó el encuentro.

De hecho, pasé una especie de «casting» tanto físico, como de química y de confidencialidad. Juan Carlos no iba a arriesgar su perfil público por un simple masaje. Pero esto solo supe reconocerlo una vez el proceso estaba en marcha.

Futbolista de incógnito

Mensaje de Pablo:

Coctelería del Hotel Soho House a las 16:00

Yo no sabía quién era el tal «Juan Carlos», no tenía ni fotos de referencia. Él me reconocería a mí —supuse. De hecho, yo estaba mentalizado para abandonar el Soho House sin que nadie se hubiera dirigido a mí. Pablo me avisó que era una posibilidad. Remota, pero posible.

De entre las parejas de jubilados millonarios encantados consigo mismos y las parejas jóvenes y «trendy» destacaba un chico moreno que estaba solo. Llevaba gafas de sol reflejantes estilo Police, que siempre me han parecido muy morbosas.

Tenía todo el aspecto de un italiano. Camisa blanca, bastante ceñida, de cuello grande, reloj de oro, cabello oscuro engominado, expresión de suficiencia.

Tenía los antebrazos sobre la mesa, y eran fuertes y con vello muy oscuro. Se le veía serio, seguro y muy en su ambiente. Como si hubieran construido el Restaurante Cecconi alrededor suyo.

No solo supe que era él, también deseaba que lo fuera.

Distancia justa

Su gesto para que me acercara a él tenía ese matiz delictivo propio de la mafia. No me gusta sentirme sometido, de forma que me tomé unos segundos en reaccionar, para finalmente acercarme, un poco a desgana. Esperaba que no tuviera ese componente humillante que e veces tienen las celebrities.

Empezó indicándome con un gesto elegante la silla que había frente a él. Pero en seguida cambió de idea y dio tres palmadas con su mano sobre el sofá, justo a su lado.

Me senté buscando la distancia correcta, entre discreta y amigable. Tras él, la pared de ladrillo visto. Su sonrisa blanca era lo más personal que pude ver de él durante los primeros minutos.

¿Sabes lidiar con personas conocidas?

Sé atender a personas… a secas.

Reconozco que me sentí tenso. Deseé encontrar lo antes posible el punto de humor que fuera cómodo para ambos.

Lógicamente hablamos de Pablo y de sus anécdotas más graciosas para romper el hielo. Pude deducir que jamás habían tenido ningún tipo de intimidad. Aquel futbolista tenía otros gustos, y yo, muy diferente de Pablo en casi todo, sí parecía estaba en su radar.

Las mujeres me gustan femeninas, frágiles, elegantes. Los hombres me gustan peludos, fuertes, altos, no demasiado sofisticados. Bueno, como tú.

Después vinieron las preguntas acerca de quiénes eran mis clientes. Decidí responder lo que no se atrevía a preguntar.

No distingo entre oficios o niveles adquisitivos. Jamás hablo de otras personas. Ya te puedes imaginar que tengo clientes periodistas, pero pierden el tiempo. Los veo venir de lejos.

¿Te preguntan acerca de tus clientes?

Sí, como estás haciendo tú.

Quise darle algún detalle más para no parecer tan cortante y lograr su simpatía. Era como hacer equilibrios, pero también era comprensible, siendo quién era.

El futbolista discreto

Hablo de aspectos relacionados con el masaje como experiencia, pero no hablo de nombres ni de oficios. Creo que la discreción es vital. Supongo que por eso confían en mí, algunos desde hace más de 8 años.

Como Pablo.

Juan Carlos se acarició su propio muslo. Lentamente, de una forma muy casual. Pero era un gesto estudiado. Vi que su pantalón era de lino crudo, algún tono más oscuro que el blanco impoluto de su camisa. Acercaba su mano a la entrepierna, sin llegar. Muy cuidadoso.

Esos cuádriceps y esos femorales eran enormes. Transmitían una potencia animal. Imaginé que serían peludos, como sus antebrazos. Con sus gestos intentaba ponerme a prueba, pero no reaccioné.

Afortunadamente, porque en aquel instante Juan Carlos se puso en guardia. Teníamos a un camarero ante nosotros, y era el momento de pedir alguna bebida.

Recordé un cliente italiano, físicamente parecido a él, que me dio su nombre para buscarlo en Google. Quería asegurarse a toda costa de que supiera quién era. Al contrario de Juan Carlos.

Tantra y fútbol

Cambiando de tema, imagino que tus masajes no se parecen en nada a los de mi fisioterapeuta.

Me reí, y a partir de ese momento intenté emplear metáforas futbolísticas para describirle el erotismo del masaje tántrico.

Intento evitar el gol. Así que soy como el portero. Todos quieren chutar a puerta, y yo hago lo posible para detener esa pelota.

¿Con las manos?

Juan Carlos pareció coger el testigo, y movió su cadera. Percibí que por fin había entrado al terreno donde él se sentía más cómodo.

Con todo el cuerpo.

Pero a mí me pagan para meterla.

A mí para que sea lo más difícil posible. Justo al final, por eso de no evitar alegrías y celebraciones.

El camarero trajo los Bellini.

¿Cuánto dura uno de tus partidos?

Como los tuyos, un mínimo de 90 minutos. Pero idealmente dos horas. Lo ideal es que haya tanda de «penaltis».

Evidentemente no iba a venderle un masaje de una hora. No solo podía pagar cualquier valor, sino que una experiencia lo más prolongada posible era lo que yo suponía que estaba deseando. Es precisamente lo que marca la diferencia y las ventajas del masaje Tantra.

Sin público.

Llámalo prejuicios, pero yo imaginé a Juan Carlos como la mayoría de machos heterosexuales, rápido y eficaz. Esperaba tener la oportunidad de enseñarle a durar más. Ese cuerpo mediterráneo necesitaba una buena tortura.

A puerta cerrada.

Intuí que a Pablo le encantaría asistir, pero borré esa imagen de mi mente. Pablo era otra historia.

Creo que ya me has puesto cachondo.

Yo también lo estaba, imaginando sus cuádriceps y sus nalgas, músculos poderosos, duros, potentes y necesitados de los cuidados más sublimes.

Juan Carlos volvió a acariciarse la parte interior de su entrepierna. Esta vez era evidente que el bulto había crecido. Aparté mi vista rápidamente.

Futbolista con alma

Se quitó las gafas de sol, dando a entender que había pillado mi mirada indiscreta. Por primera vez vi la sonrisa de sus ojos. Sus cejas gruesas, sus pestañas oscuras y su mirada brillante.

Me sorprendió la jovialidad de su expresión. Si antes solo me había concentrado en sus dientes, ahora podía ver su alma. Aquel futbolista no dejaba de ser un muchacho joven e independiente, con ganas de explorar cosas nuevas.

Me aseguré de que era realmente una experiencia tántrica lo que deseaba, y no un servicio de escort. Le comenté en que consistía, con cuatro pinceladas, y me escuchó atentamente.

Pablo ya me habló de ello. Los otros tipos de servicios ya los doy por vistos.

La fama y la fortuna cambian a las personas. Y no siempre lo tienen todo más fácil. Ver los ojos de Juan Carlos era casi como verlo desnudo.

De repente nos sentí muy cercanos.

Quizá no me equivoco al decir que desarmé al futbolista jugando al fútbol con su mente. Cambiando los reflectores que iluminan la hierba del campo de fútbol por velas alrededor de un área más íntima.

Ya solo faltaba un toque de silbato para empezar el partido. A solas. Supuse que a continuación me daría instrucciones acerca de cómo acceder a su habitación.

El futbolista desnudo

El deseo, la química o como quieras llamarlo, son importantes al afrontar un masaje tántrico. En aquel instante yo ya me sentía preparado para darle a Juan Carlos una sesión alucinante en todos los aspectos.

Sigue leyendo la segunda parte de Juan Carlos, muy tórrida y muy explícita.

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Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!