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Hammam

Los Hammam, como casi todo el mundo sabe, son los baños árabes tradicionales. Existen en todos los países Musulmanes. Y en algunas otras ciudades que considero privilegiadas por disponer de ellos.

Se trata de un espacio para la higiene, el masaje y la relajación. Casi como un club.

Aunque con una separación por géneros algo anacrónica. Porque en su mayoría son solo para hombres. Algunos dedican un día específico a la semana para mujeres.

Además de ser un espacio arquitectónico muy especial, diferente de todo lo demás, es un escondite íntimo en forma de burbuja del tiempo.

Existe un mito urbano que los describe como reductos encubiertos para los encuentros entre homosexuales. Ya imaginas que un musulmán jamás aceptará esta descripción.

Es más, cualquier tipo de acto remotamente homoerótico está mal visto. Tan mal que justifica arrestos, calabozos y juicios. Incluso para un turista como yo.

El «regalo»

Pero ese «regalo» que me hizo un amigo tuvo consecuencias durante los siguientes años de mi vida, en concreto hasta hoy. No puedo adelantarte más por el momento.

Istanbul es una ciudad fascinante. Como la música en directo, resulta inútil describirla, solo puede entenderse viviéndola.

Sabiendo que me fascinan los hammam, Ilyas, mi amigo turco, irreversiblemente heterosexual y homófobo, me hizo un regalo. Se trataba de una sorpresa, y evidentemente estaba descartado cualquier guiño erótico.

La parte que más me ilusionó de ese regalo era que el hammam era de barrio, no uno de los masificados donde acude el turismo de masas —y que ya conocía.

Enigmático hammam

Ilyas me acompañó hasta la entrada, una puerta sencilla de madera pintada de verde turquesa, a pie de calle, que podría ser la de una casa.

Era bastante tarde para entrar a un hammam, pero era la hora que había elegido Ilyas, muy a su conveniencia para cenar a solas con su novia.

Los clientes se iban despidiendo, y más y más masajistas estaban quedando libres. Eran hombres fornidos, peludos y maduros, algunos de ellos con exceso de todas estas características.

El que seguramente era el dueño me indicó que me pusiera en el tobillo un collar con una etiqueta de plástico verde. Señaló la entrada del vestuario moviendo un dedo como si quisiera apresurarme.

Me puse la consabida toalla de cuadros y las chancletas, y cerré la cabina, que solo contenía unos ganchos para colgar la ropa y un banco para sentarse. Tanto la puerta como la pared eran de marcos de madera casi astillada con ventanas de cristal transparente. Esta falta de privacidad —totalmente premeditada— impedía que nadie pudiera jugar a escondidas con otro hombre.

Adiviné cuál era la puerta hacia la zona de vapores. En el centro del eco infinito de aquella cúpula me senté sobre la enorme mesa de mármol. Cabían seis personas estiradas, una en cada lado del hexágono. La piedra ardía, y el vapor, perezoso, flotaba alrededor de ella como un espíritu maligno que ignora la gravedad.

A pesar de la penumbra pude reconocer los pequeños ventanales geométricos que perforaban el cenit de la cúpula. Era de noche y estaba solo.

Crucé los dedos esperando que, a pesar de la hora, no cerraran el hammam demasiado pronto, y que me diera tiempo a disfrutar de esa burbuja del tiempo.

Bu akşam

Sentado, sudando y con una sensación de ahogo leve, recordé la música de la película de Ferhan Özpetek, «Hammam».

Cuando más distraído y ensimismado estaba, entró un joven, muy decidido, que vino directo a mí. Me saludó con una sonrisa forzada y le dio la vuelta al plástico verde que colgaba de mi tobillo, como si pudiera haber otro color al reverso.

Yaşar.

Dijo, y supe que era su nombre.

Paco.

¿Bako?

Baco es el equivalente romano del Dionisios griego, y no me desagradó que me rebautizara así. A fin de cuentas son los dioses del vino, las fiestas y, en una palabra, del hedonismo.

En inglés me ordenó que me sentara sobre un taburete de madera, muy simple, casi pobre, que sacó de un rincón.

Esperaba un masaje, o al menos deseaba que ese hubiera sido el regalo de Ilyas.

Olores del infierno

Con una presión de su mano enderezó la postura de mi espalda, inclinándome algo hacia adelante. Yaşar abrió un pote con una pasta verde. Me llegó un olor de azufre, nauseabundo, y me giré para ver qué era ese producto.

Yaşar puso un poco de esa pasta sobre el dorso de mi mano y dijo, orgulloso:

Nunca más te crecerá el pelo aquí.

En ese momento ya me estaba untando toda la espalda, y entré en pánico. Yo estoy orgulloso de mi vello corporal, pero al parecer a Ilyas le parecía una desventaja estética. Quizá porque la mentalidad homofóbica de Ilyas solo entendía que un hombre homosexual quisiera parecerse en lo máximo a una mujer, eliminando todos los rasgos masculinos, como el vello corporal.

Me giré para protestar, y vi la expresión segura y confiada de Yaşar.

Yaşar era un joven muy atractivo, de cabello corto negro, cejas pobladas en forma de arco y acabadas en punta en los extremos. Sus ojos algo rasgados y su sonrisa eran muy canallas. Así como otros hombres turcos me miraban a los ojos por la calle, con profundidad intencionada y sostenida, Yaşar tenía una mirada esquiva, que solo conectaba con la mía lo mínimo imprescindible.

Sus hombros y pectorales eran discretos. No podía decirse que fuera muy asiduo a los gimnasios, a diferencia de la mayoría de chicos gay de Istanbul. Tendría unos 25 años. En ese momento yo tenía 30.

Yaşar

Se notaba que Yaşar se había rebajado el vello corporal con alguna máquina eléctrica, y eso me resultó algo morboso. Y también una prueba tranquilizadora de que aquella pasta nauseabunda jamás produciría el efecto irreversible que prometía.

Cuando terminó de untar la pasta sobre mi espalda, me pidió que me levantara para seguir por los glúteos, pero se lo impedí.

¿Es por vergüenza?

No, es que me gusta tener el culo peludo.

Se hizo un breve silencio.

Pues es una lástima que hayas pagado tanto dinero por algo que no podemos terminar.

La amenaza del horario de cierre del hammam hizo que reaccionara con rapidez. Quería evitar a toda costa que se diera por terminada mi visita al Hammam.

En realidad preferiría un masaje. Por el valor restante que quede. O, si no, te lo pago.

Yaşar se sorprendió, pero al cabo de dos segundos la idea le pareció factible.

Masaje de hammam

Tras retirar esa pasta de mi espalda usando una espátula, Yaşar guardó el taburete y la crema maloliente.

Colocó una de aquellas toallas de cuadros sobre el hexágono de mármol, y me indicó dónde apoyar la cabeza para recibir el masaje.

En ese momento de mi vida yo trabajaba como diseñador gráfico editorial. Así que, nada más lejos de mis proyectos laborales que dedicarme al masaje, que veía como un lujo. Un lujo del que disfrutaba con frecuencia, especialmente en mis viajes.

Yaşar empezó con pequeñas presiones sobre mis muslos, gemelos, y luego glúteos. Como si quisiera aplastarme contra esa piedra caliente de mármol.

El eco de la cúpula multiplicaba el sonido de goteo de los grifos, que no cerraban bien. A mí me parecía música celestial. La respiración de Yaşar sonaba cerca y también repetida por los rincones de la gran sala. A veces llegaba el murmullo de una radio lejana, no supe si de dentro del Hammam o de algún lugar del vecindario.

Las de Yaşar eran presiones controladas, que empezaban suave y se iban intensificando, para luego expirar gradualmente.

Llegó un momento en que olvidé la presencia del masajista, la radio se difuminó en un murmullo tedioso y me sentí desvanecer.

Despertar

No puedo decir cuándo desperté. Podrían haber pasado unos segundos o media hora.

Yaşar levantó la toalla que me cubría los glúteos, y fui consciente de mi propia erección. Más aun cuando volvió a ejercer esa presión controlada sobre mis glúteos, que enfureció mi polla, ya aplastada contra el mármol. Deseé cambiarla de postura, pero no me atreví a tocarme. No quería que pudiera interpretarse como un gesto obsceno.

De pie a mi lado, Yaşar apenas evolucionaba paralelo a mí. Vi que lanzaba el peso de su cuerpo en una u otra dirección, sin desplazarse. No daba ni pequeños pasos, simplemente arrastraba las chancletas.

Sentí el roce de su pierna contra mi muslo, luego mi costado.

Deseé que se acercara más, que su contacto fuera constante. Poco a poco lo fue siendo, igual que esas presiones, que aparecían en puntos concretos, se intensificaban y luego desaparecían gradualmente. Era una sensación que actuaba sobre mi mente como el reostato de una lámpara, cuya luz gradúa a voluntad. De oscuridad a luz, de sonido a silencio.

Algo más, distinto de sus piernas, me rozó el costado. Evité reaccionar porque estaba claro que era su polla. Había hundido mi cabeza entre mis brazos, y tragué saliva.

Jabón untuoso

Sentí que Yaşar empezaba a trabajar sobre mi espalda, y noté mi piel de forma diferente. Parte del vello había desaparecido, literalmente disuelto por aquella pasta apestosa. La otra parte de la piel la sentía irritable.

El masajista turco empezó a emplear un tipo de jabón muy sedoso y untuoso, supuse que con mucha espuma, que me alivió. También empleó mi propia toalla para amplificar el efecto de sus manos.

Mi sensación era de higiene en estado puro, de bienestar y de… ¿excitación?

La toalla empapada en jabón cubrió mis glúteos de nuevo. Sentí que otra toalla distinta estaba retirando el exceso de espuma de mi espalda. Yaşar la estrujaba casi hasta secarla para luego volver a exfoliar y recoger más espuma de mi espalda.

Quise girar mi cara hacia el lado donde estaba Yaşar para que pudiera ver mi sonrisa de satisfacción.

Empecé a darme cuenta de que ese masaje no era el propio de un hammam.

Su rostro estaba como alterado, no me miraba a los ojos porque estaba concentrado en el resto de mi cuerpo.

De reojo pude intuir que no llevaba su toalla. La estaba empleando sobre mí, de modo que seguramente estaba desnudo.

Sentí un latigazo de placer en mi polla. Y de peligro en mi pecho. No podía arriesgarme a ningún tipo de demostración de morbo, así que me quedé congelado, esforzándome por permanecer inmóvil.

En aquellos momentos mi excitación no era por él. Era un cúmulo de cosas. El hammam, la prohibición, el estar a solas con él. La presión del tiempo. Y las ganas de usar ese tiempo en algo que me despertaba mucha curiosidad.

Incertidumbre

Yaşar tocó mi hombro. A medio camino entre despertarme e indicarme que me girara. Precisamente en el peor momento.

Tanteé con mis manos a mi espalda, en busca de la toalla que cubría mis nalgas. La agarré de modo que ocultara mi erección rampante de la vista de Yaşar.

En un movimiento lento pero quizá no muy diestro, me di la vuelta. Sin mirarle —por lo que pudiera ser.

Tenemos que terminar.

Ya está. Supuse que aparte del horario de cierre, mi excitación evidente fue la gota que colmó el vaso.

Seguí inmóvil, boca arriba, con mi erección difícilmente disimulable bajo la toalla de cuadros. Son toallas bastante finas, que en los hammam se usan más para taparse que para secar.

Sentí el calor de la piedra bajo mi espalda, y otro tipo de calor en mis genitales.

Yaşar colocó la palma de su mano izquierda sobre mi vientre, y ese contacto tuvo un efecto calmante inmediato. Mi erección perdió fuerza en segundos, pero los latidos acelerados de mi corazón seguían delatándome.

No puedo decir que me indignara, aunque tenía motivos. Al fin y al cabo, él estaba desnudo. Así que había sido él quien violó las normas del hammam.

No me atreví a mirarle directamente. Solo hasta una sombra oscura que indicaba que su pubis era peludo.

Se oyeron pasos tras la puerta del vestuario, y Yaşar se anudó su propia toalla en un gesto desesperado.

Quien había identificado como el dueño del hammam entró como una exhalación. Solo entendí una palabra:

Kapalı.

Es decir, «cerrado». Me incorporé para dejar claro que no tenía problema en irme.

Cerrado

Yaşar le contestó en un tono que me sonó a excusas, también mencionó una cifra, que me dio a entender que hablaba de dinero. Así justificaba el hecho de no cerrar puntualmente, imaginé.

El dueño salió cerrando la puerta de madera tras de sí, y el joven masajista me indicó que volviera a tenderme.

Respiré hondo, y escuché alejarse las chancletas de Yaşar. Giré un poco la cabeza y vi que cerraba con llave. Cuando se giró para regresar, volví a poner mi cabeza mirando hacia la cúpula.

Yaşar empezó un masaje distinto desde los pies. Era una sensación suave, de roce, que me erizó el vello de las piernas. Lentamente llegó hasta mis muslos, y no pude evitar que mi polla diera un salto de excitación.

No retiró la toalla, siguió haciendo algunos círculos sobre mi vientre, y luego dibujó eses sobre mis pectorales, evitando mis pezones.

Una historia fascinante en el Hammam.

Abrí un poco los ojos, y vi que acercaba su rostro a mí con una sonrisa traviesa. Sus dientes eran todos muy iguales, y tenía una pequeña separación entre los incisivos; los odontólogos lo llaman «diastema», y en ese momento me dio mucho morbo.

Pude fijarme en el color de sus ojos, un verde con destellos ámbar. Sus pestañas eran largas y espesas, y su mirada me transportó a un viajee dentro de aquel otro viaje.

Había aterrizado en Istanbul, pero con su mirada Yaşar me llevaba hacia otro viaje, más interior.

Alguien intentó abrir la puerta de madera, y empezó a empujarla y golpearla.

El masaje prohibido

Yaşar se sorbesaltó y fue inmediatamente.

Oğlum…

Significa «hijo mío», y el resto no lo entendí. Intercambiaron unos susurros, Yaşar tranquilizaba a su padre, y me preparé para levantarme. Me imaginé masturbándome en la cabina antes de vestirme.

Antes de que pudiera reaccionar volvía a tener la palma de la mano de Yaşar sobre mi vientre. Me calmaba y me frenaba al mismo tiempo.

No puedes masturbarte.

Me aseguró en inglés. Su rostro estaba muy cerca del mío, y en su frente el sudor formaba unas pequeñas perlas transparentes que se deslizaban nariz abajo. Una de ellas cayó sobre mis labios. Sentí un sabor salado, y una presión algo mayor sobre mi pecho.

Yaşar se propuso recorrer todos los poros de mi piel, y empezó por la punta de mi índice derecho. Siguió hasta mi hombro, con un ritmo constante, gélido. Aquel ritmo desapasionado tenía un efecto totalmente opuesto en mí. Sentía calor, excitación e impaciencia.

Rodeó mi pezón derecho, luego el izquierdo, y mi excitación aumentaba de una forma que pensé que iba a estallar por dentro.

La tortura ¿turca?

Muy lentamente, Yaşar levantó la toalla que cubría mi zona genital. Sentirme expuesto ante él significó un remolino de vergüenza y exhibición pecaminosa. Al tiempo que era como cruzar un puente que se derrumbaba tras de mí con cada paso.

Cuando se acercó a mi vello púbico, y luego rozó el tronco de mi polla, como sin querer, entendí que me prohibiera masturbarme. De hecho, adivinaba la presión de mi semen dentro del glande.

Nunca imaginé que incluso podía ser una tortura peor que me rozara la zona interior de los muslos. Incluso mis testículos, que seguramente se contrajeron a causa de ese roce tan sutil y electrizante.

Si me estaba prohibido masturbarme, seguramente también lo estaba mirarlo. Mantuve los ojos cerrados. Y me pregunté si él también había dejado caer su toalla al suelo.

Decidí que todo aquello era mucho peor que hacerme una paja a solas en la cabina del vestuario.

No sabía en manos de quién estaba, y qué se proponía conmigo. O si me estaba usando —o abusando.

Pero me dejé hacer.

En ese momento era incapaz de adivinar cualquier tipo de desenlace.

La sorpresa mayúscula se produjo cuando Yaşar subió encima del mármol. No sabía si iba a echarse a mi lado. Lo que sí tenía claro es que no iba a dejarme penetrar. Aunque si se sentaba encima de mi rabo, no protestaría.

Yaşar, el grueso

Apoyó sus manos junto a mis hombros, como si fuera a hacer flexiones, con sus pies junto a los míos, en paralelo a mi cuerpo, elevado a un palmo de mí.

Su polla colgaba cerca de la mía, y se movió para que se rozaran. Seguramente proyecté un chorro de líquido pre-seminal.

Tenía el rostro de Yaşar a centímetros del mío, noté su respiración con aroma de yogurt.

El viaje hacia el interior de no sabía qué, continuaba.

Poco a poco se dejó caer sobre mí, y sentí el calor de su piel sobre la mía. Era más, mucho más que un abrazo, era la conexión total, cuerpo con cuerpo, con otra persona. Y de una forma que no había sentido nunca antes.

Nos mirábamos a los ojos. No solo no me esquivaba, sino que me escudriñaba. Parecía explorarme como alguien que lanza un cubo dentro de un pozo, atado a una cuerda, para medir su profundidad.

Yo estaba dentro del pozo, mirando hacia arriba, y la luz era él.

Mi cuerpo empezó a sentir unas oleadas lentas que subían desde mis testículos hasta mis orejas. Se despertaban las células de mi cuerpo por dentro, no sé si seguía erecto, porque todo mi cuerpo era una polla gigante que sentía el placer y las cosquillas de mi glande.

Un placer que se extendía en forma de anillos concéntricos que crecen, sobre toda la piel de mi cuerpo, como cuando una gota cae sobre la superficie lisa del agua.

Esas oleadas parecían levantarme del mármol, como si mi cuerpo ondeara como un trozo de tela.

Hammam tatuado

Yaşar se separó de mi cuerpo lentamente, y sentí el dolor punzante de la nostalgia, del corazón roto y de la ausencia infinita.

Su nombre había quedado grabado a hierro y fuego sobre mi piel y dentro de ese pozo donde me sentía seguro.

Ese pozo era tan grande como el Hammam, y de repente supe que era el propio Hammam, un tubo inmenso que mira hacia las estrellas a través del vapor.

Yaşar se sentó sobre mis piernas, de modo que nuestras pollas seguían rozándose. Su rostro y su corazón estaban demasiado lejos de mí, y levanté la cabeza en busca de su cercanía.

Mi mirada recorrió su pecho, su ombligo y su pubis. Por primera vez pude contemplar su polla, un tronco no muy largo pero de un grosor inusitado. Era el doble de gruesa que la mía, su glande color Burdeos brillaba de excitación.

Ese pene era rotundo desde todos los ángulos. Tenía el aspecto de ser denso y pesado, con unas venas como una carrera de culebras, con vida propia y quizá mortífero.

Movió su pelvis de modo que su polla presionara la mía. Logró un efecto que me acercaba más al orgasmo, ya que ambas pollas se deslizaban la una contra otra, fregándose como si escaparan y se atraparan jugando al borde de un precipicio.

Qué me has hecho

Los destellos ámbar de sus ojos parecían pequeñas llamas cuando acercó su cara de nuevo. Yaşar frotaba su cuerpo contra el mío, como si fuera una serpiente. Enroscó sus piernas entre las mías, su polla y sus huevos friccionaban los míos.

Años después Yaşar me diría que yo no paraba de mover la cabeza, implorando:

No, no, no…

Ahora solo puedo recordar que jamás había deseado tanto alcanzar el orgasmo, y jamás había deseado tanto no alcanzarlo nunca, para eternizar aquel acto de comunión sexual…

Sublime.

Poco a poco, sin darme cuenta, el vapor del Hammam me envolvió en su trance.

Era como una caída infinita en un pozo sin gravedad. Donde caer era placentero, pacífico y dulcemente inevitable.

Alcancé un orgasmo mientras mi cuerpo ignoraba la gravedad, flotaba entre la penumbra y los sonidos del goteo del agua.

No había ninguna diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados.

Jamás podría saber cuántos chorros de semen, cuántos minutos duró mi orgasmo eterno, que sacudió todas las células de mi cuerpo.

Aterrizaje

Recuerdo ver muy de cerca la robusta polla de Yaşar, cómo sus venas se hinchaban, cómo su glande se levantaba como el morro de un avión cuando va a despegar, y cómo empezó a llorar ese gel blanco y denso del placer. Lentamente, más gel, más chorros, que mojaban mi nariz, mi barbilla y mi pecho. Sus anchos y casi cuadrados testículos aterrizaron sobre mi pecho deformándose como goma.

Había llovido cuando salimos a la calle. Yaşar cerró el Hammam. El aire de la noche era muy fresco y las ruedas de los coches parecían silbar sobre el asfalto. Fue un auténtico alivio en todos los sentidos, también porque compensaba el calor húmedo del Hammam.

Me sentía nuevo por dentro y por fuera, como si mi piel fuera la de un ser que acababa de nacer.

No recuerdo haberme duchado, secado y vestido con más alegría como lo hicimos juntos Yaşar y yo.

Tal como lo harían dos amigos del instituto que acaban de terminar un arduo trabajo escolar.

Solo que aquel «trabajo» también tenía mucho de escolar.

Yaşar me llevó a un bar situado en el cuarto piso de un edificio. Tenía vistas sobre Hagia Sofia iluminada, así que la magia continuaba, y porque él se lo propuso.

Arkadaşım

Se sentó junto a mí, y no en frente, para contemplar es espectáculo de su ciudad. Y rodeaba mis hombros con su brazo. En Istanbul los buenos amigos pueden hacer eso sin que se sospeche nada.

Lo que sí estaba muy mal visto era que él colocara mi mano sobre su paquete. Ambos seguíamos erectos, excitados y con ganas de más.

Pero era el momento de preguntarle. El camarero colocó dos vasos de ayran en la mesa.

¿Qué me has hecho?

Estoy estudiando masaje Tantra.

Jamás había oído esa palabra. Supuse que era un tipo de masaje prohibido, y que lo hacía sin el permiso de su padre, quien jamás consentiría un servicio como aquel.

Mi padre se jubilará algún día, y los extranjeros como tú queréis servicios como este. Es el único futuro viable de un Hammam.

Entonces, me has usado como conejo de indias.

Yaşar rió con descaro, pero plantó un beso en mi boca.

Digamos que te noté receptivo.

Epílogo

Mi historia con Yaşar duró varios años. Fueron tiempos de descubrimientos fascinantes en común, una historia que serpenteaba entre el amor, el deseo y el crecimiento.

Vamos a dejarla aquí por el momento. El lector avispado ya habrá adivinado que fue así como descubrí el Tantra.

Desde luego Yaşar significó el principio de un camino largo, tortuoso pero lleno de casualidades y sorpresas fascinantes. Un camino que también tuvo sus silencios, pérdidas y dolor.

¿Te apetece seguir leyendo más relatos eróticos gay?

Mi trabajo consiste en dar estos masajes, de modo que te invito a conocer más sobre el Tantra gay.

¡Recibe un fuerte abrazo!

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Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!