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Juan Carlos

Creí que Juan Carlos y yo habíamos alcanzado ese punto en el cual cualquier cosa funcionaría.

Si no has leído la primera parte, puedes encontrarla en «Futbolista«.

Nuestra conversación había sido tan directa que creo que no hizo falta más. En realidad, lo único relevante era que él deseara que le atendiera yo. Sabía que estaba compitiendo en un casting a ciegas. Presentía que la mejor puntuación había sido para mí.

Por supuesto hay más masajistas que se dedican al masaje tántrico gay en Barcelona. Incluso, para un hombre bisexual como él, muchas masajistas femeninas que son auténticas virtuosas.

Supongo que Pablo, el mejor amigo de Juan Carlos, fue quien le abrió el apetito, relatándole las sesiones que tiene conmigo.

Nos vemos mañana. Pablo te dirá dónde y a qué hora.

Confieso que en ese momento se me rompió el corazón. Si estaba erecto, mi polla se deshinchó en unos segundos.

Estuve a punto de comentarle que ya tenía algunas sesiones programadas, pero confié en el destino. Además, en caso de duda el silencio siempre es la mejor opción.

Nos dimos un apretón de manos estilo americano, muy viril al tiempo que algo canalla —por no decir delincuente. Me levanté y me fui.

Aquella noche atendí al Obispo. Por suerte, es un tipo de hombre con la sexualidad propia de un adolescente que jamás lleva las sesiones hasta extremos agotadores.

Al día siguiente me levanté con una erección dolorosa. Soñaba con los ojos de Juan Carlos. Sus cejas, sus pestañas, todo ese pelo en los antebrazos. Incluso vi sus glúteos y su polla, en mis sueños. ¿Coincidirían con mis predicciones?

Malos augurios

Estuve pendiente del mensaje de Pablo hasta la hora del almuerzo. A partir de ese momento decidí olvidarlo. Tenía otro cliente a primera hora en mi estudio de masaje. Así que, si Pablo me escribía, seguramente no lo vería hasta terminar aquella sesión.

Efectivamente, escribió durante ese lapso de tiempo. Además, la primera frase que leí decía:

Paco, no podéis veros en el hotel.

Mi voz interior más pesimista me había avisado. Lo de ayer había sido un casting. Adiós, Juan Carlos.

Pero debajo había otro mensaje más.

Estará en casa de un amigo. Horario y lugar a las 9. ¿El precio es como lo que me cobras a mí? Para que pueda tenerlo preparado.

Tuve una hora de tiempo para meditar y prepararme.

Me abrió una chica filipina que se iba. Era un duplex diáfano, y sonaban «The XX» a volumen bajo, que presagiaba la amplitud del espacio. Oí una voz que me decía:

¡Pasa, Paco!

Alta fidelidad Harman Kardon, muebles de madera de El Mercader de Venecia, incluso una figura de Miquel Navarro sobre una mesa de cristal circular, apoyada sobre una raíz de árbol inmensa e intrincada. Las revistas desparramadas eran sobre todo GQ. Esterlicias y Kentias repartidas por el espacio le daban esa vida vegetal y silenciosa. Como si ahí dentro el mundo estuviera en pausa.

He colocado algunas velas, supongo que así te ambientarás mejor.

Aquel apartamento pertenecía claramente a algún amigo muy adinerado de Juan Carlos. Alguien que imaginé con gustos caros.

El duplex de Juan Carlos

Llevaba un albornoz azul oscuro con el símbolo de Tommy Hilfiger.

Me dio una palmada amistosa en los riñones. Juan Carlos —o quien fuera— había preparado una camilla de masaje en una habitación que bien podía ser la de invitados. No supe si comentarle que el Tantra es algo más íntimo. Aposté por adaptarme a lo que había preparado él. Además, aquella camilla era profesional. Amplia, robusta y con sistema eléctrico de ajuste de posiciones y altura. Sin duda se adecuaba a aquel entorno tan lujoso.

Su sonrisa era la de ayer, sus ojos eran los de ayer. Aunque a mi me hacía falta volver a la misma temperatura donde lo habíamos dejado. Una cosa es el deseo, y la otra la escenificación.

¿Qué te pones tú?

Estuve tentado de decirle que «nada», pero no podía empezar en inferioridad de condiciones.

¿Tienes otro albornoz igual?

Era evidente que aquel no sería un masaje rutinario. Porque ni el personaje ni sus expectativas eran algo rutinario. Así que me puse en modo luxury massage.

Perdona, Paco.

Juan Carlos se acercó a mí, me sentí reconocido dentro de la cara inmensidad de aquel espacio.

¿Puedo ofrecerte algo? Te propongo un Gin&Tonic.

Me parece sensacional.

¿G’Vine?

A este no me puedo negar.

Lo acompañé al mueble bar.

El sonido de los grandes pedruscos de hielo chocando en las copas balón era como un efecto adicional dentro del baño musical de «The XX».

Pero el ambiente era frío.

Brindamos, sonreímos, me guiñó un ojo. Un truco de seducción que me pareció «barato».

Estuve pensando en ti todo el día.

Sonreí. Sin necesidad de responderle, él asumía que yo también.

Unos sorbos y unos guiños después, ambos nos levantamos. Hasta que no cerré la puerta detrás de mí no tuve el control. Como el silencio de la habitación cerrada me pareció ensordecedor y hueco, dejé la puerta entreabierta. Así podíamos seguir escuchando las guitarras evocadoras y los susurros de «The XX».

Juan Carlos había alineado un sinfín de velas a lo largo de todo el perímetro de la habitación. Brillaban en la penumbra. Pensé que se había tomado una molestia que le habría llevado un buen rato, sobre todo para encenderlas todas. Quizá necesitaba delimitar «el área», ¿como en un terreno de juego?

Camilla de masaje

El rostro de Juan Carlos era mágico, me miraba con alegría y cierta curiosidad expectante. Se sentó sobre la camilla, con el albornoz puesto.

Le hubiera besado las pestañas y las cejas, pero me contuve.

Hice mis cálculos antropométricos, y sentí la necesidad de bajar un poco la camilla. Así que le pedí que me ayudara en ajustar la altura. Manejaba el mando de la camilla con soltura. Volvió a sentarse encima.

Recuperé nuestra comunicación en clave de humor.

¿Quieres comentarme algo, antes de que suene el pito del árbitro?

Soltó una carcajada de felicidad y dijo.

No, estoy en tus manos.

Y añadió, con una sonrisa:

No me interesa el pito del árbitro. Más bien el tuyo.

Empecé en silencio, acariciando su rostro. Juan Carlos se dejaba hacer en silencio. De forma instintiva cerró los ojos. Respiró hondo y empezó el viaje personal que él deseaba.

Él, sentado sobre la camilla; yo de pie ante él, ambos en sendos albornoces. En medio de la oscuridad, que temblaba al ritmo desigual de las pequeñas llamas, a lo largo del perímetro de la habitación.

Las pequeñas luces en el suelo iluminaban el contorno de sus orejas, que acaricié muy tenuemente, solo con la yema de mis dedos.

Cuando empiezas un masaje con el receptor vestido, nunca sabes cómo empezar a desnudarlo sin dar instrucciones. Como Juan Carlos llevaba el albornoz, decidí abrirlo desde los hombros hacia abajo, de forma que fuera descubriendo su pecho y su espalda.

Con las dos manos dibujé el perfil de su cabeza. Luego bajé por las clavículas. Empezó a mover sus manos, buscando algún contacto conmigo.

En algún momento le cogí una mano, y me respondió apretando muy fuerte.

Latigazo en la oscuridad

Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y empecé a reconocer su pecho. Estaba fuerte y definido, aunque no voluminoso. Su vello corporal era negro, abundante y suavemente rizado. Llevaba una medalla de oro que me recordó a Hristo Stoitxkov. Sentí un latigazo dentro de mi polla.

Su albornoz empezó a caer solo, mientras se abría, aunque sin poder precipitarse al suelo, ya que Juan Carlos estaba sentado encima de él. Sus brazos eran fuertes pero, como su pecho, no tenían un volumen exagerado.

Supe que sus piernas eran como una mitad totalmente distinta de su cuerpo, por ser la parte que más trabajaba y necesitaba para jugar al fútbol.

Me vino a la mente la imagen del fauno, con su pene rampante. Trabajé suavemente sus pectorales, sin llegar a rozar los pezones, que suelo dejar para más adelante, en cuanto la temperatura sube más.

Juan Carlos se estremeció. No era de frío. La apertura del albornoz dejaba asomar algo que primero no identifiqué.

Era su capullo de color ciruela. No se podía reconocer más que su glande, liso, enorme y mate. Era lo único que asomaba de entre la tela del albornoz. Tanto la penumbra de la habitación como la tela azul oscura del atuendo no ayudaban a dibujar más partes de su cuerpo.

Lo oscuro vibraba, y me llegó por primera vez el olor de sus testículos. Efluvios de nuez. Sequedad, aspereza. Masculinidad excitante.

Era imposible ver más. Tanto la oscuridad como el albornoz formaban un túnel oscuro que apetecía mucho penetrar.

Abrió los ojos. Sin estar desorientado, como yo hubiera deseado.

Esto no funciona.

Dijo sonriendo. Se dio cuenta de mi expresión interrogante.

¿Estás bien?

Quise asegurarme.

Sí, y a punto de marcarte un gol.

Me reí, y supe que todo iba bien.

Albornoces, fuera

Entiendo que se estaba controlando, y que seguramente le apetecía hacer lo que hace en cualquiera de sus encuentros sexuales, ya sean con mujeres o con hombres.

La primer fase del masaje Tantra estaba funcionando. La toma de contacto, la conexión en silencio y la excitación.

¿Puedo ponerme de pie?

Casi sin darme tiempo a responder, Juan Carlos se impulsó suavemente hacia adelante, y se quedó de pie ante mí.

Hubiera sido fácil abrirle el albornoz del todo para dejar que apareciera el resto de su pene. Pero estábamos «en el centro del área» y no iba a regalarle una pelota tan fácilmente.

Le sugerí que se echara sobre la camilla. Él bajó la mirada para comprobar si podía ver algo más de mi cuerpo en la penumbra.

Ya que dejó caer el albornoz al suelo, hice lo propio, sin dejar de mirarle a los ojos. Interpreté aquella mirada, en medio de aquel silencio, como un reto.

En ese momento yo no estaba tan erecto como él, y quizá se sintió decepcionado. Obediente, se tendió boca abajo, realizando un suave movimiento de cadera para acomodar su pene.

De pie ante la camilla, mi pene quedaba a la altura de su cuerpo. Realicé una caricia estilo Hawai desde su nuca hasta sus pies. Pude apreciar cómo se erizaba el vello, que también cubría parte de su espalda.

Aproveché que sus pies estaban a la altura de mi pubis para rozarlos «en un descuido» con mi polla. Además del trabajo manual y energético, empecé a darle unas pinceladas de erotismo.

De vez en cuando subía gemelos arriba con mis dos manos, cuádriceps arriba, intentando alcanzar sus nalgas, de pie a sus pies. No solo era un esfuerzo postural y de equilibrio. Formaba parte de mi estrategia sensual. De este modo, mi polla quedaba entre sus pies. Movió su cabeza ligeramente, supongo que reconociendo «mi presencia». Juntó sus pies par aprisionar mi polla entre ellos.

Los pies del futbolista

No hay nada que me excite más que el contacto con los pies. Y Juan Carlos los usó con maestría, como buen atleta del balón-pie. Con sus movimientos lograba masturbarme, y lo hacía con cuidado, suavemente.

Pasé mi pene erecto por la planta de ambos pies, apretando lentamente. Alzó su cadera. Intuí que su pene se sentía confinado. Igual aumentaba de volumen o se petrificaba.

Seguí torturándolo con más trabajo suave en gemelos e interior de las piernas, hasta que alcancé sus glúteos.

Incluso en la oscuridad, pude disfrutar del tono moreno de su piel, subrayado por su vello negro. Toda esta mitad de su cuerpo era el no va más del poder muscular y del morbo anatómico.

La dureza, el calor y la visión de esas piernas más que robustas, la definición abrupta de sus gemelos no podían competir con la suculencia de sus glúteos. Me siento incapaz de describirlos. En ese momento, más que amarlos con mis manos, los hubiera besado, qué digo, comido. O devorado. Un instinto animal tomó posesión de mi polla, y no deseaba otra cosa que pasarla por encima de sus glúteos de melocotón, como una forma de adorarlo.

He visto glúteos irresistibles. Pero aquellos, daba ganas de poseerlos en todos los sentidos. Como cuerpo, como forma, como trofeo. Imaginé una escultura de sus glúteos en medio del jardín de una gran mansión.

Un deseo irrefrenable de penetrarlo me entrecortó la respiración. Lo mejor hubiera sido abrir sus piernas, acercarme a él e introducir mi pene y después el resto de mi ser dentro de aquellos glúteos adorables e irresistibles.

Sus glúteos cobraron vida y empezaron a balancearse suavemente, como bailando de un lado al otro, a veces con movimientos circulares. Ante aquella visión era francamente difícil resistirse.

Su cabeza continuaba totalmente horizontal, bien colocada en el hueco que a tal efecto tenía el extremo de la camilla. Aquello podía hacer pensar que sus reacciones no fueran voluntarias, pero el aura de Juan Carlos me decía que todos sus movimientos estaban estudiados.

Este relato gay sigue en la cadena de oro.

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Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!