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La cadena de oro

La cadena de oro y su medalla me dieron qué pensar al final de la sesión. ¿Por qué?

Si deseas leer el principio de este relato, haz click en El Futbolista. La segunda parte es Juan Carlos. Esta es la tercera parte.

El masajista tántrico tiene el poder. Mientras que es el receptor quien se beneficia del placer.

No quise romper esa norma porque en cuanto se quebranta, toda la sesión se banaliza para caer en la mediocridad del sexo mecánico.

Le trabajé con especial atención la raja del culo y la zona del perineo. Usé aceite caliente, y aquel detalle aun lo enloqueció más.

Fue en ese momento cuando Juan Carlos empezó a gemir. Eran gemidos de desesperación, incluso diría que de dolor. Levantó la cadera un palmo por encima de la camilla, y pude ver que su polla se curvaba. No colgaba del todo, seguía apoyada sobre la superficie, dando a entender que aquella distancia, de un palmo, era demasiado corta para contener su dotación. Sus huevos peludos colgaban de una forma totalmente perversa y ofensiva, casi tan oscuros como la entrada de su ano, con la textura áspera del vello más secreto.

Aquella visión oscura era la entrada misma del infierno. Sabías que te llevaba a la perdición por el camino más corto, directo e irreversible. Y es justo el camino que más deseamos.

Las velas que seguían el perímetro de la habitación se volvieron antorchas que me guiaban haca la entrada de los infiernos. Su significado de paz y de magia se transformó en un presagio de pecado, culpa y condena eterna.

Aunque eran llamas muy pequeñas que fluctuaban inocentemente, dibujaban los contornos rotundos del cuerpo de Juan Carlos.

A veces tengo visiones durante los masajes. De una forma involuntaria, veo cosas acerca de la vida del receptor. Supongo que son visiones simbólicas.

En aquel momento vi delante de mí el cuerpo de un hombre que se sacrificaba en un ritual satánico.

Aquel hombre nadaba en oro, pero el oro se confundía con las llamas de una hoguera gigante. ¡Tonterías!

El truco arriesgado

De pie ante la camilla, y sin saber cómo continuar la sesión, mi polla seguía latiendo como si tuviera vida propia. Deseaba con todas mis fuerzas que ninguna mano se acercara ni me tocara. Aun así, dentro de mí sentía el flujo del placer. Tuve un orgasmo que sacudió mi cuerpo, sin eyacular.

En ese momento levanté mi pierna derecha. Con cuidado, evitando una colisión inesperada con las piernas de Juan Carlos, coloqué mi rodilla justo entre sus piernas, acomodándola entre su ano y sus testículos.

Juan Carlos sintió el calor redondo y contundente de una polla gigante, del tamaño de mi rodilla, justo en su zona más erógena.

Levantó la cabeza sin poder evitar un gemido muy corto de sorpresa. Apoyó sus manos sobre la camilla, como para impulsarse hacia arriba y levantarse. Una mezcla de reacción de guardia y de ganas de participar más.

Estás en mi área. Me estás atacando. Pensaba que eras portero.

Su tono era de risa cómplice, pero lo que menos me apetecía a mí era hablar.

Con una mano apretaba sus glúteos hacia la camilla, con mi rodilla realizaba movimientos circulares. Lo que más deseaba Juan Carlos en ese momento era que lo penetrara, pero mi masaje tántrico hizo mucho más que eso.

Con la mano que me quedaba libre empecé a masajear sus testículos por debajo. El aceite caliente da esa sensación de relajamiento mental al tiempo que de excitación morbosa.

Intentaba evitar agarrar el tronco de su pene, pero él se movía de forma que se hacía inevitable. Estaba claro que deseaba una estimulación genital explícita.

El futbolista impaciente

Tuve que retirar un poco mi rodilla para poder acceder a su pene con la otra mano. Cuando él pensaba que iba a hacerlo, mi mano se deslizó hacia su pezón derecho. Estaba erecto, y el aceite caliente en mi dedo le arrancó otro gemido involuntario.

Juan Carlos deseaba desatarse y quizá darse la vuelta. Hacerlo hubiera significado que yo hubiera caído desde la camilla, así que iniciamos una maniobra cuidadosa en la que puse un pie en el suelo.

Sin dejar de tener una de mis manos en su vientre, se fue girando de lado, hasta quedar frente a mí. Me miraba con odio.

Observó mi erección rampante, y su odio se intensificó.

Hizo un gesto como para incorporarse más, pero guié la postura de sus hombros de forma que se quedara estirado boca arriba. Permaneció con la cabeza levantada, siguiendo mis evoluciones alrededor de la camilla.

Alargó su mano derecha intentando alcanzar mi polla. Me hubiera corrido en ese momento, así que me aparté de un modo que pareció casual.

Me puse detrás de su cabeza, y empecé trabajando su pecho, con mi pelvis apoyada en su coronilla. Empezó a mover su cabeza para frotarse contra mi polla. Tal como había hecho con sus pies, ahora intentaba un remate de cabeza.

Mi polla estaba tan dura que se clavaba en su pelo, y cuando ladeó el rostro chocó con su mejilla. Yo deseaba penetrar su boca, que se intuía húmeda y caliente. Corregí su postura de la cabeza y seguí trabajando sus pectorales.

Descarga eléctrica

La estimulación de sus pezones marcó otro momento álgido. Sus abdominales se contraían de placer, y desde aquella postura, de pie a su cabeza, pude observar su pene, que se veía impulsado de un lado a otro, víctima de la zozobra de su cuerpo, que parecía un barco en medio de una tormenta.

Su pene estaba circuncidado. Básicamente, el tronco era una larga curva, muy gruesa en su parte central, con la forma de un delfín —sin la aleta dorsal. Su glande tenía un color violeta oscuro, muy peculiar.

Suavemente coloqué mi pecho sobre el suyo. Mi cabeza se acercaba a su pene, pero no lo alcanzaría a no ser que me arrodillara encima de la camilla de masaje.

Percibí de nuevo aquel olor de nueces de sus testículos. Un latigazo inesperado provocó otra descarga eléctrica dentro de mi glande.

Mi sensación era como de estar chorreando líquido pre-seminal todo el tiempo. Como si regara todo el suelo de la habitación con cada uno de mis movimientos. Imaginé que fuera gasolina, y que incendiara las velas, y con ellas toda la habitación.

Juan Carlos levantó sus manos en la oscuridad, buscando a tientas cualquier parte de mi cuerpo. Identificó mis pectorales, y empezó a acariciarme suavemente.

Echando la cabeza atrás, levantó la cara hacia mí. Sin verlo claramente, adiviné una mirada de súplica. Solo dijo:

Paco.

Dicen que el nombre de una persona es como una asa. Un asidero que usamos para agarrar a alguien.

Me coloqué a su lado e imité un gesto de abrazo aunque la postura era incómoda.

Sube.

Dio una palmada sobre la superficie de la camilla, igual que la que dio sobre el sofá del Cecconi la tarde anterior. Era una invitación que él sabía irresistible.

Un gol

Temí que la camilla cediera bajo el peso de ambos a la vez. Pero, con lo cara y profesional que era, tenía que ser robusta.

Me coloqué cuidadosamente encima de Juan Carlos, cuerpo con cuerpo, apoyado sobre mis codos, de forma que no tuviera que soportar todo mi peso. Su medalla dorada dio un destello.

Mi polla estaba tan dura que, una vez entre sus piernas, no podía salir de ahí. Notaba sus huevos cálidos, duros y peludos, y sobre mi pubis y vientre, la curva inflexible de su polla. Dura, áspera y poderosa como sus piernas.

Sus ojos parecían implorar un gol. Un gol que iba a dolerle, pero que al mismo tiempo le daría una felicidad extrema. Esa felicidad que libera.

En ese momento y en ese lugar, el mundo se reducía a ese contacto cuerpo con cuerpo, a esa mirada exigente.

Sus cejas oscuras y gruesas de hombre duro, sus pestañas de hombre frágil, su mirada de víctima.

Empezamos a movernos suavemente. La fricción de mi pene con sus huevos se hacía más y más irresistible, como unas cosquillas que van a matarte. Y su polla buscaba el máximo contacto con mi cuerpo.

Con ansiedad, con desesperación.

Con el dolor que provoca la dulzura, el ansia de abrazar a alguien que está despertando todas las células de tu cuerpo.

Aunque sea un engaño y las antorchas nos conduzcan al infierno.

Separé mi rostro del suyo, pasé cerca de su medalla de oro, puse mi cara sobre su vientre. Mi cuerpo abrazaba sus piernas, aquellos monstruos de la belleza extrema. Rodeé sus caderas para abrazarlo por debajo. Luego recogí con mis manos abiertas sus glúteos, y acerqué mi rostro peligrosamente a su pene.

Adoración

Su pene parecía revolverse contra una fuerza invisible, latiendo en todas las direcciones, soltando gotas de líquido pre-seminal. Se levantaba de su cuerpo buscando mi boca. Era tan grande que supe que, aunque quisiera, no cabría en mi boca.

¡Olía tan bien! A nueces y a casas de piedra en Cerdeña.

Abracé sus piernas adorándolas.

Juan Carlos se incorporó. Temí que penetrara mi boca con su pene monstruoso. Su mirada imploraba libertad. Y las ansias de marcarme un gol.

Me sentí poderoso, como debe sentirse el masajista tántrico. Su sumisión impaciente me excitaba de una forma que solo se puede describir como un orgasmo interminable. Eyacular solo significaría el final, y no lo deseaba.

Él quizá tampoco. Su ansiedad era el deseo contradictorio de que aquella tortura durara toda la noche. Y también estaba ansioso por saber cómo terminaba.

Una a cada lado, bajó sus piernas de la camilla para quedarse sentado ante mí. En aquella posición su pene aun parecía mayor. Se curvaba buscando el cielo y chocaba contra su ombligo con cada espasmo.

Me senté frente a él en la misma postura. Lentamente bajó su cabeza en dirección a mi pubis.

Con un cuidado extremo, rozando con la adoración, colocó su rostro frente de mi pene erecto. Pude ver que mis venas se marcaban como nudos, a punto de reventar.

Sentí el parpadeo de sos ojos sobre mi polla. Luego el calor de su aliento en mis huevos.

Movió la cabeza hacia abajo, de modo que empujaba mis testículos y mi pene con su frente, como un toro que intenta derrumbar una barrera. En ese momento no pude contenerme más e imaginé eyacular sobre su pelo engominado.

Juan Carlos sintió algo extraño y se incorporó. Su expresión era de interrogación, y estuve casi seguro de que no le gustaría lo que acababa de imaginar.

El rodillo

Estábamos sentados frente a frente sobre la camilla, y nuestros penes latían de deseo, anticipando ese placer tan predecible.

Con mis dos manos sobre sus pectorales, empecé a empujarlo suavemente hacia atrás. Vi como sus abdominales se contraían, ofreciendo resistencia, pero poco a poco fue acompañando mi movimiento, hasta quedarse totalmente plano sobre la camilla.

Volví a la postura dominante, esta vez colocando mi pene encima del suyo. Con el movimiento de mi cuerpo empecé a frotar nuestros penes en todas las direcciones posibles. Pasando por encima como un rodillo, frotándolo lado a lado, calentándolo con mis huevos. En un descuido, mi pene se metió como un resorte entre sus huevos y su perineo.

Esa es la zona clave del masaje Tantra, y estimularla con los dedos o con mi puño es una cosa. Pero usar mi propio pene erecto para este contacto tan íntimo tiene un efecto exponencial. Desata y descontrolado la energía sexual.

En estos momentos no suelo tener consciencia de nada más. Ni luz, ni temperatura ni música. Nuestras narices se rozaban mientras mi pene iba a explotar. Pero escuché a los «The XX» susurrando gemidos, envueltos en el perfume de sus guitarras.

Am I blind?

Algo caliente tocó mi pecho. Pensé que era su medalla, pero al mirar en esa dirección asistí a un segundo disparo de semen que alcanzó la nuez de Juan Carlos. Y un tercero que alcanzó su barbilla y la mía.

Movió su cadera buscando que lo penetrara «por error», y fue entonces cuando eyaculé mojando sus testículos, su perineo, y al separar mi cadera de la suya, mojé su pene y también todo su pubis.

Juan Carlos siguió eyaculando. Varios disparos más alcanzaron su medalla y el vello oscuro de su pecho.

Nueces amargas

Si sus huevos olían a nueces, su semen olía a nueces con lejía, una extraña combinación.

Me miró, con los ojos muy abiertos. El rostro serio. Percibí un cierto enfado y decidí esperar a que él mismo me comentara lo que quisiera cuando lo considerara oportuno.

Lentamente me incorporé, primero sobre la camilla, luego para bajar de ella.

Casi a tientas, encontré las toallitas húmedas en mi bolso de masajes a domicilio. Necesité más de diez de ellas para limpiar su abdomen, su pecho, su barbilla, y luego sus testículos, perineo y finalmente su pubis. Su semen y el mío lo habían cubierto con culebras densas y perladas. Era el serum de nuestra energía sexual.

Lo vi yaciendo inmóvil sobre la camilla, en un estado de trance. Respirando cada vez más pausadamente.

Lo cubrí con su albornoz y me puse el mío.

Juan Carlos levantó la cabeza, con la intención de hablar. La bajó de nuevo, y transformó sus ordenes habladas en su gesto de siempre: unas palmadas a su lado, indicando que me acercara.

Lo miré como a una Madonna en su lecho de muerte. Con una mezcla de compasión y despedida.

Abrió los ojos, lo justo para comprobar que yo seguía allí, cosa que pareció tranquilizarlo.

En ese momento para mí no existía nadie más en el mundo. Pero dijo:

Ahora entiendo a Pablo.

Juan Carlos es una persona que no suelta nunca la realidad. Sigue conectado a ella a pesar de todo. O eso pensé.

He olvidado quien soy durante todo este tiempo. Me resulta alucinante lo que has hecho conmigo.

Le hice un gesto indicándole que permaneciera en silencio.

La cadena de oro

Lo que suelo hacer inmediatamente después de un masaje siempre es ducharme. No intento quedarme más tiempo, ni espero que el cliente me invite a cenar ni a copas. Cada persona tiene su agenda, y considero básico respetarla no dando nada por hecho.

Dejé a Juan Carlos inerte y abrigado bajo su albornoz, y me dirigí a la ducha. El baño de aquel duplex era la imitación aumentada de cualquier sala de baño de las suites del Hotel Arts. Así que disfruté de una ducha con una presión de agua extraordinaria. El jabón era de L’Occitane, coherente con el resto del apartamento.

Tras secarme, me coloqué de nuevo el albornoz y me dirigí al cuarto donde dejé reposando a Juan Carlos.

Algunas de las velas se habían extinguido. Otras parpadearon cuando entré en la habitación.

Lo encontré sentado sobre la camilla, cabizbajo. Entre esa postura y su rostro serio de antes, imaginé que algo no había funcionado de acuerdo con sus expectativas.

Si esto ha sido un masaje, cómo será tener sexo contigo.

Me situé frente a él, y metió su cara dentro de mi albornoz, respirando el perfume del gel de baño. Me rodeó con sus brazos.

Ha sido la eternidad más corta de mi vida.

Habían pasado dos horas, pero ambos despertábamos de un viaje en el tiempo.

¿Tienes unos minutos para hablar?

Había empezado a vestirme, y quizá el ritmo de Juan Carlos seguía en la frecuencia más baja y dilatada que le impuse al masaje. Sentía que él deseaba frenarme.

No quiero ducharme. No quiero quitarme de encima de mi piel lo que he sentido. Ojalá pudiera conservar tu olor y tu semen sobre mí.

No le interrumpí. Todo era muy halagador. Podría haber dicho lo mismo de él, pero preferí callar.

Culpable

Yo me sentía algo culpable por no haber sabido controlar mi eyaculación. De hecho, en mi trabajo lo veo como un error. Mi servicio no es el de un escort, y quien desea un masaje erótico no siempre desea que el masajista disfrute tanto como él.

Aunque algunos clientes se sienten menospreciados si no eyaculo con ellos.

Para no eyacular existe más de una razón. Cuando realizas más de tres masajes en un día, tienes que imponerte unos límites. Aparte de mi vida privada, que mantengo viva protegiéndola de este tipo de tentaciones.

Nuestras copas balón de Gin&Tonic seguían sobre la mesa de cristal que cubría aquella raíz de árbol. Sobre un charco de agua y el hielo derretido. Juan Carlos sacó dos copas nuevas y preparó dos Gin&Tonic más.

Tener paciencia para él no me parecía un esfuerzo, así que me quedé a escuchar lo que tenía que decirme.

¿Todos tus masajes son así?

Claro que no. Cada cliente es distinto, y cada sesión también. Incluso con el mismo cliente, siempre ocurren cosas diferentes. Es como el fútbol: el juego es el mismo, pero todos los partidos son irrepetibles, y el resultado también.

Lo pillo. Cierto.

Juan Carlos me sonrió, algo pensativo. Parecía estar planeando algo. Chocamos las copas de nuevo.

Preferí escuchar su silencio. La música de «The XX» tenía un efecto misterioso sobre la noche. Parecía más de madrugada de lo que quizá era.

Ví que jugaba con su cadena de oro. Las cadenas. Me hacen pensar en la posesión, la pertenencia. Las relaciones y, en mi caso, el miedo al compromiso. Jamás he llevado cadenas, anillos ni brazaletes.

El oro. La fortuna, la abundancia, la vida llena de lujos.

Tras otro trago de Gin&Tonic siguió hablando.

No te confundas. Yo no soy de nadie. Los dos lo hemos pasado muy bien. Pero esto queda aquí.

Si le hubiera dado la razón hubiera quedado insolente. Así que opté por levantarme poco a poco y en silencio, con una sonrisa educada.

Empezó a tocarse por debajo del albornoz. Adiviné otra erección. Me sentí tentado a seguir jugando.

Educación

El partido acabó hace rato. Debo irme.

Se incorporó, algo contrariado.

Espera, no puedes irte así.

Se dirigió a una de las sillas, de cuya respaldo había colgado su chaqueta. Escuché un rumor de fricción de papeles, una cartera que se abría y más papeles. Volvió con una gran sonrisa en su rostro. Sentí un calor en el corazón.

Junto a una de las esterlícias, empezó a contar billetes verdes muy cerca de mí, en secreto o como si hubiera más gente en la habitación que no debiera vernos. Tras alcanzar el número correcto de billetes, le dije:

Ya.

Él seguía contando más billetes. Insistí.

Ya, te has pasado.

Le cogí de la muñeca, le miré a los ojos, esos ojos preciosos, y negué con un gesto de la cabeza.

Apretó aquel manojo de billetes entre mis dos manos, las cerró con fuerza acompañando su sonrisa tímida con un guiño.

El relato ¿sigue?

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Nota: recibo peticiones acerca de temas muy concretos, pero solo sé escribir acerca de cosas que he experimentado. Entiende que mi profesión es la de masajista tántrico 😉

Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!