Mario

Mario
Mario, relato erótico gay

En aquel momento con Mario ni siquiera era consciente de que yo estaba erecto. No supe cuán dura era mi erección hasta que sentí su mano presionándome. Luego palpó mi polla, midiéndome. Como no podía vérmela porque estaba dentro del slip, empleó el manoseo para inspeccionar mi tamaño y mi dureza.

La primera parte de este relato erótico gay está en «Mario, una polla como un pepino«. ¡No te la pierdas antes de seguir leyendo esta segunda parte!

Diría que este contacto manual con mi pene aun lo excitó más. Mario empezó a ladear su cuerpo, incorporándose en mi dirección.

La excitación recíproca es lo más morboso de un masaje erótico. Suele suceder siempre, pero la intensidad y los matices son distintos con cada hombre, como es lógico.

Lucha por el placer

Mario se incorporó del todo mientras su polla como un pepino seguía latiendo. Empezaron a asomar gotas de líquido pre-seminal en la reducida superficie que el frenillo dejaba ver de su glande. Brillaban en la luz de la tarde como diamantes mojados.

Empezamos un forcejeo. Mario intentaba desgarrar mi slip para ver mi polla. Su pasión se estaba desenfrenando, y temí que pudiera llegar a ser violento.

Seguía mirándome fijamente, pero empezó a concentrase en mi zona inguinal. Apartó mis manos de su cuerpo, impidiendo que le trabajara o acariciara.

Por favor, Paco. Quiero ver tu polla. Por favor.

No le di ninguna facilidad, y supongo que eso terminó de impacientarlo.

Mario, me pediste el masaje básico, deberíamos seguir con el esquema de lo que has pagado.

Qué quieres de mí, Paco, ¡qué quieres de mí, dímelo!

No tomé en serio sus palabras, pero intenté que el masaje permaneciera dentro de los límites. Mario me lo puso realmente difícil.

Acercó su rostro al mío, con cuidado, pero lo suficiente como para besarme. Permití un contacto muy leve que no le bastó.

¡Qué estás a hacerme!

Seguí torturándolo, impidiendo que me masturbara, apartando sus manos de mi cuerpo e intentando controlarlo. Era inútil. Su fuerza brotaba desde lo más profundo de su pasión y era la expresión del deseo más irrefrenable.

Mario agarró mi polla, con una fuerza tal que pensé que me la arrancaría. Me miró a los ojos con una rabia incontenible, apretaba los labios pero en realidad deseaba abrirlos y rodear mi glande con ellos.

Cogí su cabeza con mis dos manos. Sentí una ternura indescriptible al valorar su volumen y el poder que emanaba. ¿Una cabeza puede transmitir esta sensación? La suya, sí.

Forcejeo con Mario

Mario empezó a pajearme, mirando mi polla desde muy cerca, con su cara a centímetros de mi pubis. Lo hacía tan bien que me sentí incapaz de seguir frenándole.

Mi erección era tan rampante y tan dura que el orgasmo parecía inminente. Sentía un cosquilleo inevitable dentro de mi polla, desde los huevos hasta el glande. El cosquilleo que anticipa la explosión.

Perdí la noción del tiempo, y me preocupé. Dani iba a llegar a las siete, y no tenía ni la menor idea de cuánto faltaba. Tampoco sabía cómo iba a terminar aquella sesión con Mario. Ni podia excederme con Mario ni tampoco quedarme corto.

Cuando apartaba una mano, me atacaba con la otra. Mi polla parecía haberse convertido en un agarre de vida o muerte para él, y con cada nueva presión sobre mí, yo me sentía más cerca de eyacular.

Para Mario, para, por favor.

Intenté responderle con la misma estrategia, y fue el primer momento en que agarré su polla con forma de pepino. Ardía al tiempo que transmitía esa misma sensación de dureza y de volumen firme que sentí al coger su cabeza.

Él apartaba mi mano de su polla, y empezó a decir claramente lo que más deseaba:

¡Quiero que te corras, Paco! Quiero correrme en el mismo momento que tú, ¡quiero que nos corramos a la vez!

Mario me besó con fervor, y de algún modo bajé la guardia unos centímetros, pero no del todo. Disfrutar de ese momento era una tentación a la cual era casi imposible resistirse. Además, Dani también iba a requerir de mí una intensidad igual, como mínimo.

Una hora con Mario

Su rostro bello, su cuerpo perfecto, su polla como un pepino y su pasión eran la combinación perfecta para soltarse.

Mario insistía en todo, en los besos, en no soltar mi polla y en impedir que lo masturbara a él. Los minutos debían correr veloces. Dicen que cuando lo pasas bien el tiempo se escapa.

Qué quieres de mí, Paco, qué quieres, me hablas.

No pudo contenerse más, y, sin que yo pudiera ni acercar la mano a su polla como un pepino, explotó en varios chorros de semen.

El primer chorro se alzó en una curva que le alcanzó el pecho. Denso, blanco y pesado, el segundo chorro rellenó su ombligo. El tercer chorro, el cuarto y el quinto cayeron cerca de su glande sin descubrir. Como cuando un animal exhala su última gota de vida.

Asistí atónito a este espectáculo, mientras él tenía su mirada clavada en la mía.

Deita.

Me eché a su lado, y empezó a acariciar mi pecho, mi abdomen. Como absorto en sus pensamientos, acariciaba mi polla. Mi pene seguía erecto, y en realidad estaba muy cerca de eyacular. Pero me conozco, e inmediatamente después de eyacular necesito un tiempo para que se recargue mi energía sexual.

¡Que llega Dani!

Bien pensado, Dani también tiene un fuerte poder excitante sobre mí, pero no quise arriesgarme.

Dani estaba a punto de llegar, así que no pude disfrutar mucho más de Mario.

Mario estaba en modo romántico, mirándome con una sonrisa muy canalla, y deseando volver a empezar.

Hoy no tengo más tiempo, Mario.

Vivo cerca.

Supuse que se refería a que volvería en cualquier momento.

Tras ducharse, Mario me habló acerca de sus orígenes y de algunas cosas triviales. Seguía teniendo ese atractivo inclasificable, solo tapado con la toalla blanca.

El timbre sonó justo cuando Mario y yo atravesábamos el pasillo entre las velas.

Mi imaginación me jugó una última tentación. Nos imaginé a los tres desnudos, Dani, Mario y yo, y temí lo que pudiera pasar entre los tres.

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Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!