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Masaje legítimo gay

El masaje legítimo gay consiste en un masaje terapéutico.

Como todos sabemos, un masaje terapéutico es un trabajo para el bienestar físico, muscular y articular.

Pero evitando las zonas íntimas, y por supuesto evitando cualquier estimulación sensual o erótica.

En otras palabras, un masaje terapéutico no tiene «final feliz».

Pero, los que piden específicamente este masaje legítimo, ¿realmente desean un masaje terapéutico?

Ahí vamos.

Resulta curioso cómo muchas de las llamadas que recibo son de hombres que desean un masaje terapéutico.

«¿Supongo que será más barato que un masaje erótico?»

Lógicamente, pues se trata de un servicio diferente en muchos aspectos.

Pero lo que el cliente desea no es exactamente un masaje terapéutico. Veamos qué pasa.

Masaje legítimo gay

El término «masaje legítimo» se ha acuñado, cómo no, en Estados Unidos. Este país lo rige una sociedad con una cultura dualista, donde las cosas se categorizan entre buenas o malas, legales o ilegales.

Ya puedes imaginar que todo lo erótico, sensual y sexual es «ilegítimo». Aunque no va a ser en esta entrada donde vamos a discutir la moralidad de lo ilegítimo.

Volviendo a los clientes de masaje, existen personas con una inteligencia asombrosa. Realmente superior. Para empezar resulta interesante que llamen a un masajista tántrico o erótico pidiendo un masaje de otro tipo.

En segundo lugar desean que les atienda un masajista gay. Si lo que deseas realmente es un masaje excelente, seguramente tu criterio no será el de «masajista gay». Probablemente sea el de «masajista terapéutico». Aunque si además es gay, mejor. ¡Lo entiendo! Existe una complicidad entre nosotros.

Pero en el caso del masaje terapéutico la orientación sexual no debería influir en tu decisión. Y si influye, es que no estás siendo sincero contigo mismo —y con el masajista a quien te diriges.

Aun así existen chicos de todas las edades que conciertan una cita conmigo.

Muy a sabiendas y quizá porque el precio del masaje terapéutico y del quiromasaje gay es inferior al de cualquier masaje sensual. O de cualquiera que incluya el famoso final feliz.

Sorpresas previsibles

La sorpresa se produce en el momento en que el cliente pregunta:

«¿Puedo tocarte la polla?»

Este es justamente el momento en que le planteo las dos opciones. Dos opciones que han estado siempre disponibles. En este momento, el cliente debe elegir cómo desea continuar la sesión:

  • Seguimos el masaje terapéutico
  • Pasamos a masaje erótico con un precio superior

Normalmente la calentura del cliente es tal que acepta el precio superior del masaje erótico. Entenderse es así de fácil.

La desventaja para este tipo de clientes es que han perdido todo el tiempo que llevábamos de masaje. Esos 15 o 20 minutos podrían haber sido más morbosos.

Masaje legítimo gay y erotismo

Entiendo que da mucho morbo visitar al masajista que has elegido. Por diferentes factores tales como sus fotos y su aspecto físico. También la descripción de sus servicios eróticos para hombres gay.

Aunque no comparto la estrategia del engaño. Somos adultos. Yo siempre doy por entendido que ambos hablamos el mismo idioma. Y sobre todo entiendo que somos sinceros.

Alguien que me pide un masaje terapéutico lo recibirá. Sin los «extras» que pueden resultar ofensivos a muchos hombres que realmente desean un buen masaje terapéutico.

Y cuando alguien desea un masaje morboso, es esto lo que realizo. Soy honesto en todo momento. Cuando explico mis servicios, antes, durante y después del masaje.

Masajes terapéuticos

Servicios eróticos.

Acerca de mis servicios eróticos, los más demandados —y de largo— puedes leer estos testimonios. Y también estos relatos eróticos para que imagines de un modo realista cómo se desenvuelven.

Masaje erótico gay

Hay mucho más que conversar acerca de los masajes gay. Es un mundo más extenso del que muchos imaginan.

Si tienes dudas contáctame cuando lo desees. Estoy abierto a responder todas las preguntas que me hagas. Puedes estar seguro de la veracidad de mis respuestas.

Contáctame directamente.

Sigue explorando mi blog acerca de masaje tántrico gay en Barcelona: www.pacotantra.com

¡Nos vemos pronto!

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Libido y confinamiento

Libido y confinamiento tienen una relación desigual, cambiante y a menudo frustrante.

Todas las situaciones que se diferencian de la rutina tienen un efecto inmediato muy intenso. Pero los cambios también pueden transformarse en rutina.

Cuando hablamos de confinamiento, puede ser que hablemos de circunstancias diferentes.

Existen los confinamientos involuntarios por detención, por estar preso, por secuestro. Y el confinamiento voluntario con la pareja, al más puro estilo clásico «luna de miel». Todos ellos son muy distintos por la forma de imponerse.

Y hoy día, marzo de 2020, estamos hablando del confinamiento domiciliario a causa de la pandemia de virus. Se trata den confinamiento no del todo voluntario sino necesario.

Libido en la prisión

Existen numerosas películas porno que transforman el presidio en una experiencia irresistible de tan deseable. No hace falta comentar que este tipo de películas son fantasías que se abstraen mucho de la realidad.

En ninguna penitenciaría tienes intimidad. Ni tan siquiera puedes masturbarte cuando quieres.

Evidentemente, la carencia y la igualdad de condiciones entre los que «conviven» desarrollan relaciones con el tiempo.

Hay quien dice que la vida de una persona libre tampoco es mucho más «libre». Del trabajo a casa, horarios, estrés, agotamiento y rutina. Podemos tener una sensación de esclavitud, pero estar en nuestras casas no es comparable a la ausencia de libertad de movimientos y de actividades que sufren un preso o un secuestrado.

Es posible que se desarrollen cierto tipo de relaciones en la cárcel. Algunas de ellas son duraderas, pero se transforman —y mueren— al salir de prisión.

En cuanto a los secuestros, a veces se da el famoso «síndrome de Estocolmo», la relación entre el secuestrado y el secuestrador. Los psicólogos saben explicarlo mejor que yo. Evidentemente es una relación supeditada al final del secuestro.

Las fases de libido y confinamiento

Existe una fase inicial de «shock». El primer día, la nueva situación acapara toda la atención de la mente.

Pero la energía sexual, al ser una pulsión primaria y por lo tanto, instintiva, hace su aparición al segundo o tercer día.

  • Shock inicial
  • Fase creciente
  • Intensidad máxima
  • Fase decreciente
  • Rutina y aburrimiento
  • Repuntes puntuales

Lógicamente la duración de cada fase difiere para cada persona.

En la fase creciente se descubren cosas nuevas, se encuentran soluciones nuevas. Resumiendo, el sexo o la masturbación se adaptan a las nuevas condiciones, más restringidas. Es cuando la creatividad da sus mejeros frutos.

la intensidad máxima no es una fase muy duradera

Libido y confinamiento en pareja

Sea un confinamiento voluntario o no, los primeros días serán de desfogue. Al fin y al cabo, una pareja está junta por deseo mutuo.

Mis vecinos, bastante fogosos de por sí, tuvieron una escalada de frecuencia sexual muy considerable los primeros días del confinamiento. Incluso de madrugada, la cama aporreaba los tabiques con furia.

Es una forma de «recuperar tiempo perdido». Y seguramente sirve de «laboratorio de experimentos». Es el momento de probar cosas que no has pedido antes, y de sorprenderte de lo que tu pareja es capaz.

Con el paso de los días, la frecuencia iba decayendo. Fue cuando me propuse preguntar acerca de esto a las personas de mi entorno inmediato. Así que he recolectado datos de diferentes fuentes.

Uno de mis clientes me comentó:

Después de una semana, echo de menos a un amante en concreto.

Se trata de un chico casado, que está confinado junto a su marido. Pero la variedad en cuanto a parejas sexuales también es una necesidad humana legítima.

Cuando falta la variedad, falta el «aire fresco».

Quiero a mi marido, y tenemos buen sexo juntos. Pero me faltan las cosas que hago con el otro.

Los primeros días de confinamiento

Son días de mucho deseo sexual. Es cuando los confinados empiezan a buscar alternativas. Exploran desde el sexo telefónico a compartir fotos, luego vídeos, y finalmente el sexo cam2cam.

Lo noté claramente en mis conversaciones con clientes. Empezaron a me proponerme video-conferencias.

Con el paso de los días, las peticiones se fueron orientando hacia los relatos eróticos. La lectura, la masturbación como alivio o conformidad, son formas más intelectuales de afrontar el deseo.

Una pequeña cantidad excepcional han hecho caso omiso a las órdenes de confinamiento y han visitado o recibido visitas para encuentros sexuales. Evidentemente son ajenos al riesgo que esto comporta.

Aburrimiento y frustración

A medida que pasan los días y las semanas tenemos la sensación de haberlo probado todo. Es cuando las cosas posibles empiezan a aburrirnos.

La imaginación cae en la tentación de desear precisamente todo lo que ahora es inviable. Viajes, nuevos encuentros, nuevas experiencias.

La parte positiva es que empezamos a hacer planes.

Libido y confinamiento: más planes

Cuando termine el confinamiento intentaremos hacer realidad todo lo que en estos momentos no podemos llevar a cabo. Son los deseos para el futuro.

Esto es lo que escribo hoy, un día antes de haberse cumplido la tercera semana de confinamiento. Iré actualizando esta entrada conforme obtenga más datos.

Mientras, te invito a que también explores mi web inicial acerca de masaje Tantra gay.

¡Nos vemos pronto!

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Pagar por sexo: ¡nunca!

«Pagar por sexo es algo que no haría nunca» es una frase que oigo con cierta frecuencia.

El motivo es que muchas personas aún confunden el masaje erótico y el masaje tántrico con un servicio sexual explícito.

Como veremos, el masaje erótico no equivale a sexo. Existen numerosas diferencias, que son las que justifican que se usen nombres diferentes para diferenciar y distinguir oficios y prácticas que no son iguales.

De todos modos, y aunque el masaje erótico fuera un servicio sexual, pagar por sexo no sería nada malo. Ni vergonzoso, ni humillante para nadie. Humillante para nadie siempre y cuando el profesional que ofrece este servicio lo haga de forma voluntaria. Y si además se siente correctamente remunerado.

Tampoco es humillante para quien lo contrata. Sería equivalente a decir:

No compro ropa porque ya tengo.

Nunca pagar por sexo

«Nunca pago por sexo, pero nunca. Que conste que quiero probar tu masaje Tantra por un tema de curiosidad».

No hay ningún problema. Como dije en la entrada, el masaje erótico no es sexo. No estás pagando por sexo sino por una experiencia diferente.

«No veo la diferencia. Explícamela, por favor».

Existen muchas diferencias, aunque de momento podemos empezar analizando las similitudes.

Es cierto, ambos servicios se pueden comparar. ¿Cuáles son los factores comunes?

  • Es un servicio íntimo
  • Personal y privado
  • Alcanzas el orgasmo si lo deseas
  • Aporta satisfacción sexual
  • Existe genitalidad

Por qué el masaje no es sexo

No puede llamársele sexo al masaje porque el masajista no emplea sus órganos genitales. Tampoco recibe el mismo placer que el receptor del masaje. Su función es la de crear y dar placer, no la de compartirlo. Ten en cuenta que tanto mujeres como hombres decidimos libremente cuál es nuestro oficio.

La actitud del masajista es la de una persona que presta un servicio. El masajista usa un protocolo profesional, es decir, no improvisa. El masajista conoce y emplea una serie de técnicas, que en el caso del masaje Tantra requieren una formación específica.

En dos palabras, el masajista está desarrollando un trabajo con un objetivo de servicio.

En cambio, los trabajadores sexuales improvisan. Incluso realizan exactamente las posturas o prácticas sexuales que les piden los clientes.

Durante un masaje el receptor no «usa» el cuerpo del masajista a su libre albedrío. Tampoco tiene acceso a sus genitales o a su boca sin restricciones.

«Pero hay masajistas que practican sexo. Te lo ofrecen «de estranquis».

Seguramente, pero también te adelanto que habrá poco masaje. Seguramente la sesión durará 10 o 15 minutos, lo que tardes en eyacular.

«Si sexo es follar…»

Si al sexo lo llamamos «follar», ninguno de mis clientes puede decir que ha tenido sexo conmigo.

En cambio, han experimentado un placer sexual que supera en mucho algunos de sus «polvos». Como dicen varios de mis clientes:

«Este ha sido el mejor polvo de mi vida».

Insisto: sin sexo.

¿Es difícil de entender? Sigue leyendo. O mira uno de los relatos eróticos gay que describen mis sesiones enteras de masaje.

El masaje erótico gay dura bastante más que un «polvo normal», precisamente porque consiste en prolongar el placer. Empleo técnicas de control de eyaculación y estímulos eróticos que prolongan el disfrute.

Uno de los objetivos más relevantes del masaje erótico —y del masaje tántrico en especial— es el disfrute prolongado. Una hora, hora y media, dos horas.

Durante este tiempo se crean complicidad y confianza. Algo muy especial que un chapero solamente puede crear a base de varios encuentros. Y con mucho interés por ambas partes.

«La sensación de intimidad que tuve durante tu masaje supera la que tengo con mi pareja».

«Después de salir del chapero siento vergüenza. Contigo, no».

«No busco follar. Busco un masaje de calidad, sensual, morboso, erótico. Una experiencia que me aporte algo más que una paja y más que un polvo con un desconocido».

Lo que no contiene un masaje

Si algún amigo te hace creer que durante un masaje erótico practicarás algún tipo de penetración, de besos —del color que sean—, desconfía de él. Seguramente jamás ha acudido a un masajista erótico.

Me he resistido durante años a practicar sexo oral con mis clientes. Recientemente he incorporado el menú Tantra Fusión como una forma de acceder a las peticiones reiteradas de clientes que atiendo desde hace 10 años. Insisto que es una práctica adicional que no considero masaje.

Si deseas servicios sexuales gay te sugiero a Matt y sus amigos: Benito, Leo, Tom, Jorge…

Vergüenza y pagar por sexo

La vergüenza es propia de sociedades culpabilizadas. Tanto las religiones como las morales sociales han dedicado milenios a culpabilizar el sexo.

Seguramente por este motivo existe esa etiqueta vergonzante. Usar los servicios de un profesional del sexo está mal visto, y por lo tanto no se comenta abiertamente.

Existe la creencia de que quien solicita estos servicios es porque «no liga». O porque no sabe «conservar una pareja» por algún motivo más vergonzante que el sexo. O simplemente que es una persona «viciosa».

Está de más decir que no contemplo ninguno de estos motivos como relevante.

Hoy en día las personas pagamos por lo que nos apetece.

Un poco como el tema de Alaska en «¿a quién le importa?»

Exactamente. Porque no es asunto de nadie lo que hagamos en nuestra vida íntima. Que por algo se llama «privada». Cada cual lo comenta en el círculo o con las personas que estima más adecuadas.

«Tengo derecho a mi jardín secreto. Ni siquiera mi pareja sabe en qué consiste este jardín que es solo mío. Y la gracia está justamente en que es secreto».

Como verás, el morbo secreto es otro de mis grandes temas preferidos.

Reserva tu masaje gay

Si necesitas información más detallada sabes que puedes contactarme a través de distintos medios.

Te invito a explorar también mi web clásica www.pacotantra.com

¡Nos vemos en Barcelona!

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La cadena de oro

Si deseas leer el principio de este relato, haz click en El Futbolista. La segunda parte es Juan Carlos. Esta es la tercera parte.

El masajista tántrico tiene el poder. Mientras que es el receptor quien se beneficia del placer.

No quise romper esa norma porque en cuanto se quebranta, toda la sesión se banaliza para caer en la mediocridad del sexo mecánico.

Le trabajé con especial atención la raja del culo y la zona del perineo. Usé aceite caliente, y aquel detalle aun lo enloqueció más.

Fue en ese momento cuando Juan Carlos empezó a gemir. Eran gemidos de desesperación, incluso diría que de dolor. Levantó la cadera un palmo por encima de la camilla, y pude ver que su polla se curvaba. No colgaba del todo, seguía apoyada sobre la superficie, dando a entender que aquella distancia, de un palmo, era demasiado corta para contener su dotación. Sus huevos peludos colgaban de una forma totalmente perversa y ofensiva, casi tan oscuros como la entrada de su ano, con la textura áspera del vello más secreto.

Aquella visión oscura era la entrada misma del infierno. Sabías que te llevaba a la perdición por el camino más corto, directo e irreversible. Y es justo el camino que más deseamos.

Las velas que seguían el perímetro de la habitación se volvieron antorchas que me guiaban haca la entrada de los infiernos. Su significado de paz y de magia se transformó en un presagio de pecado, culpa y condena eterna.

Aunque eran llamas muy pequeñas que fluctuaban inocentemente, dibujaban los contornos rotundos del cuerpo de Juan Carlos.

A veces tengo visiones durante los masajes. De una forma involuntaria, veo cosas acerca de la vida del receptor. Supongo que son visiones simbólicas.

En aquel momento vi delante de mí el cuerpo de un hombre que se sacrificaba en un ritual satánico.

Aquel hombre nadaba en oro, pero el oro se confundía con las llamas de una hoguera gigante. ¡Tonterías!

El truco arriesgado

De pie ante la camilla, y sin saber cómo continuar la sesión, mi polla seguía latiendo como si tuviera vida propia. Deseaba con todas mis fuerzas que ninguna mano se acercara ni me tocara. Aun así, dentro de mí sentía el flujo del placer. Tuve un orgasmo que sacudió mi cuerpo, sin eyacular.

En ese momento levanté mi pierna derecha. Con cuidado, evitando una colisión inesperada con las piernas de Juan Carlos, coloqué mi rodilla justo entre sus piernas, acomodándola entre su ano y sus testículos.

Juan Carlos sintió el calor redondo y contundente de una polla gigante, del tamaño de mi rodilla, justo en su zona más erógena.

Levantó la cabeza sin poder evitar un gemido muy corto de sorpresa. Apoyó sus manos sobre la camilla, como para impulsarse hacia arriba y levantarse. Una mezcla de reacción de guardia y de ganas de participar más.

Estás en mi área. Me estás atacando. Pensaba que eras portero.

Su tono era de risa cómplice, pero lo que menos me apetecía a mí era hablar.

Con una mano apretaba sus glúteos hacia la camilla, con mi rodilla realizaba movimientos circulares. Lo que más deseaba Juan Carlos en ese momento era que lo penetrara, pero mi masaje tántrico hizo mucho más que eso.

Con la mano que me quedaba libre empecé a masajear sus testículos por debajo. El aceite caliente da esa sensación de relajamiento mental al tiempo que de excitación morbosa.

Intentaba evitar agarrar el tronco de su pene, pero él se movía de forma que se hacía inevitable. Estaba claro que deseaba una estimulación genital explícita.

El futbolista impaciente

Tuve que retirar un poco mi rodilla para poder acceder a su pene con la otra mano. Cuando él pensaba que iba a hacerlo, mi mano se deslizó hacia su pezón derecho. Estaba erecto, y el aceite caliente en mi dedo le arrancó otro gemido involuntario.

Juan Carlos deseaba desatarse y quizá darse la vuelta. Hacerlo hubiera significado que yo hubiera caído desde la camilla, así que iniciamos una maniobra cuidadosa en la que puse un pie en el suelo.

Sin dejar de tener una de mis manos en su vientre, se fue girando de lado, hasta quedar frente a mí. Me miraba con odio.

Observó mi erección rampante, y su odio se intensificó.

Hizo un gesto como para incorporarse más, pero guié la postura de sus hombros de forma que se quedara estirado boca arriba. Permaneció con la cabeza levantada, siguiendo mis evoluciones alrededor de la camilla.

Alargó su mano derecha intentando alcanzar mi polla. Me hubiera corrido en ese momento, así que me aparté de un modo que pareció casual.

Me puse detrás de su cabeza, y empecé trabajando su pecho, con mi pelvis apoyada en su coronilla. Empezó a mover su cabeza para frotarse contra mi polla. Tal como había hecho con sus pies, ahora intentaba un remate de cabeza.

Mi polla estaba tan dura que se clavaba en su pelo, y cuando ladeó el rostro chocó con su mejilla. Yo deseaba penetrar su boca, que se intuía húmeda y caliente. Corregí su postura de la cabeza y seguí trabajando sus pectorales.

Descarga eléctrica

La estimulación de sus pezones marcó otro momento álgido. Sus abdominales se contraían de placer, y desde aquella postura, de pie a su cabeza, pude observar su pene, que se veía impulsado de un lado a otro, víctima de la zozobra de su cuerpo, que parecía un barco en medio de una tormenta.

Su pene estaba circuncidado. Básicamente, el tronco era una larga curva, muy gruesa en su parte central, con la forma de un delfín —sin la aleta dorsal. Su glande tenía un color violeta oscuro, muy peculiar.

Suavemente coloqué mi pecho sobre el suyo. Mi cabeza se acercaba a su pene, pero no lo alcanzaría a no ser que me arrodillara encima de la camilla de masaje.

Percibí de nuevo aquel olor de nueces de sus testículos. Un latigazo inesperado provocó otra descarga eléctrica dentro de mi glande.

Mi sensación era como de estar chorreando líquido pre-seminal todo el tiempo. Como si regara todo el suelo de la habitación con cada uno de mis movimientos. Imaginé que fuera gasolina, y que incendiara las velas, y con ellas toda la habitación.

Juan Carlos levantó sus manos en la oscuridad, buscando a tientas cualquier parte de mi cuerpo. Identificó mis pectorales, y empezó a acariciarme suavemente.

Echando la cabeza atrás, levantó la cara hacia mí. Sin verlo claramente, adiviné una mirada de súplica. Solo dijo:

Paco.

Dicen que el nombre de una persona es como una asa. Un asidero que usamos para agarrar a alguien.

Me coloqué a su lado e imité un gesto de abrazo aunque la postura era incómoda.

Sube.

Dio una palmada sobre la superficie de la camilla, igual que la que dio sobre el sofá del Cecconi la tarde anterior. Era una invitación que él sabía irresistible.

Un gol

Temí que la camilla cediera bajo el peso de ambos a la vez. Pero, con lo cara y profesional que era, tenía que ser robusta.

Me coloqué cuidadosamente encima de Juan Carlos, cuerpo con cuerpo, apoyado sobre mis codos, de forma que no tuviera que soportar todo mi peso. Su medalla dorada dio un destello.

Mi polla estaba tan dura que, una vez entre sus piernas, no podía salir de ahí. Notaba sus huevos cálidos, duros y peludos, y sobre mi pubis y vientre, la curva inflexible de su polla. Dura, áspera y poderosa como sus piernas.

Sus ojos parecían implorar un gol. Un gol que iba a dolerle, pero que al mismo tiempo le daría una felicidad extrema. Esa felicidad que libera.

En ese momento y en ese lugar, el mundo se reducía a ese contacto cuerpo con cuerpo, a esa mirada exigente.

Sus cejas oscuras y gruesas de hombre duro, sus pestañas de hombre frágil, su mirada de víctima.

Empezamos a movernos suavemente. La fricción de mi pene con sus huevos se hacía más y más irresistible, como unas cosquillas que van a matarte. Y su polla buscaba el máximo contacto con mi cuerpo.

Con ansiedad, con desesperación.

Con el dolor que provoca la dulzura, el ansia de abrazar a alguien que está despertando todas las células de tu cuerpo.

Aunque sea un engaño y las antorchas nos conduzcan al infierno.

Separé mi rostro del suyo, pasé cerca de su medalla de oro, puse mi cara sobre su vientre. Mi cuerpo abrazaba sus piernas, aquellos monstruos de la belleza extrema. Rodeé sus caderas para abrazarlo por debajo. Luego recogí con mis manos abiertas sus glúteos, y acerqué mi rostro peligrosamente a su pene.

Adoración

Su pene parecía revolverse contra una fuerza invisible, latiendo en todas las direcciones, soltando gotas de líquido pre-seminal. Se levantaba de su cuerpo buscando mi boca. Era tan grande que supe que, aunque quisiera, no cabría en mi boca.

¡Olía tan bien! A nueces y a casas de piedra en Cerdeña.

Abracé sus piernas adorándolas.

Juan Carlos se incorporó. Temí que penetrara mi boca con su pene monstruoso. Su mirada imploraba libertad. Y las ansias de marcarme un gol.

Me sentí poderoso, como debe sentirse el masajista tántrico. Su sumisión impaciente me excitaba de una forma que solo se puede describir como un orgasmo interminable. Eyacular solo significaría el final, y no lo deseaba.

Él quizá tampoco. Su ansiedad era el deseo contradictorio de que aquella tortura durara toda la noche. Y también estaba ansioso por saber cómo terminaba.

Una a cada lado, bajó sus piernas de la camilla para quedarse sentado ante mí. En aquella posición su pene aun parecía mayor. Se curvaba buscando el cielo y chocaba contra su ombligo con cada espasmo.

Me senté frente a él en la misma postura. Lentamente bajó su cabeza en dirección a mi pubis.

Con un cuidado extremo, rozando con la adoración, colocó su rostro frente de mi pene erecto. Pude ver que mis venas se marcaban como nudos, a punto de reventar.

Sentí el parpadeo de sos ojos sobre mi polla. Luego el calor de su aliento en mis huevos.

Movió la cabeza hacia abajo, de modo que empujaba mis testículos y mi pene con su frente, como un toro que intenta derrumbar una barrera. En ese momento no pude contenerme más e imaginé eyacular sobre su pelo engominado.

Juan Carlos sintió algo extraño y se incorporó. Su expresión era de interrogación, y estuve casi seguro de que no le gustaría lo que acababa de imaginar.

El rodillo

Estábamos sentados frente a frente sobre la camilla, y nuestros penes latían de deseo, anticipando ese placer tan predecible.

Con mis dos manos sobre sus pectorales, empecé a empujarlo suavemente hacia atrás. Vi como sus abdominales se contraían, ofreciendo resistencia, pero poco a poco fue acompañando mi movimiento, hasta quedarse totalmente plano sobre la camilla.

Volví a la postura dominante, esta vez colocando mi pene encima del suyo. Con el movimiento de mi cuerpo empecé a frotar nuestros penes en todas las direcciones posibles. Pasando por encima como un rodillo, frotándolo lado a lado, calentándolo con mis huevos. En un descuido, mi pene se metió como un resorte entre sus huevos y su perineo.

Esa es la zona clave del masaje Tantra, y estimularla con los dedos o con mi puño es una cosa. Pero usar mi propio pene erecto para este contacto tan íntimo tiene un efecto exponencial. Desata y descontrolado la energía sexual.

En estos momentos no suelo tener consciencia de nada más. Ni luz, ni temperatura ni música. Nuestras narices se rozaban mientras mi pene iba a explotar. Pero escuché a los «The XX» susurrando gemidos, envueltos en el perfume de sus guitarras.

Am I blind?

Algo caliente tocó mi pecho. Pensé que era su medalla, pero al mirar en esa dirección asistí a un segundo disparo de semen que alcanzó la nuez de Juan Carlos. Y un tercero que alcanzó su barbilla y la mía.

Movió su cadera buscando que lo penetrara «por error», y fue entonces cuando eyaculé mojando sus testículos, su perineo, y al separar mi cadera de la suya, mojé su pene y también todo su pubis.

Juan Carlos siguió eyaculando. Varios disparos más alcanzaron su medalla y el vello oscuro de su pecho.

Nueces amargas

Si sus huevos olían a nueces, su semen olía a nueces con lejía, una extraña combinación.

Me miró, con los ojos muy abiertos. El rostro serio. Percibí un cierto enfado y decidí esperar a que él mismo me comentara lo que quisiera cuando lo considerara oportuno.

Lentamente me incorporé, primero sobre la camilla, luego para bajar de ella.

Casi a tientas, encontré las toallitas húmedas en mi bolso de masajes a domicilio. Necesité más de diez de ellas para limpiar su abdomen, su pecho, su barbilla, y luego sus testículos, perineo y finalmente su pubis. Su semen y el mío lo habían cubierto con culebras densas y perladas. Era el serum de nuestra energía sexual.

Lo vi yaciendo inmóvil sobre la camilla, en un estado de trance. Respirando cada vez más pausadamente.

Lo cubrí con su albornoz y me puse el mío.

Juan Carlos levantó la cabeza, con la intención de hablar. La bajó de nuevo, y transformó sus ordenes habladas en su gesto de siempre: unas palmadas a su lado, indicando que me acercara.

Lo miré como a una Madonna en su lecho de muerte. Con una mezcla de compasión y despedida.

Abrió los ojos, lo justo para comprobar que yo seguía allí, cosa que pareció tranquilizarlo.

En ese momento para mí no existía nadie más en el mundo. Pero dijo:

Ahora entiendo a Pablo.

Juan Carlos es una persona que no suelta nunca la realidad. Sigue conectado a ella a pesar de todo. O eso pensé.

He olvidado quien soy durante todo este tiempo. Me resulta alucinante lo que has hecho conmigo.

Le hice un gesto indicándole que permaneciera en silencio.

Cabizbajo

Lo que suelo hacer inmediatamente después de un masaje siempre es ducharme. No intento quedarme más tiempo, ni espero que el cliente me invite a cenar ni a copas. Cada persona tiene su agenda, y considero básico respetarla no dando nada por hecho.

Dejé a Juan Carlos inerte y abrigado bajo su albornoz, y me dirigí a la ducha. El baño de aquel duplex era la imitación aumentada de cualquier sala de baño de las suites del Hotel Arts. Así que disfruté de una ducha con una presión de agua extraordinaria. El jabón era de L’Occitane, coherente con el resto del apartamento.

Tras secarme, me coloqué de nuevo el albornoz y me dirigí al cuarto donde dejé reposando a Juan Carlos.

Algunas de las velas se habían extinguido. Otras parpadearon cuando entré en la habitación.

Lo encontré sentado sobre la camilla, cabizbajo. Entre esa postura y su rostro serio de antes, imaginé que algo no había funcionado de acuerdo con sus expectativas.

Si esto ha sido un masaje, cómo será tener sexo contigo.

Me situé frente a él, y metió su cara dentro de mi albornoz, respirando el perfume del gel de baño. Me rodeó con sus brazos.

Ha sido la eternidad más corta de mi vida.

Habían pasado dos horas, pero ambos despertábamos de un viaje en el tiempo.

¿Tienes unos minutos para hablar?

Había empezado a vestirme, y quizá el ritmo de Juan Carlos seguía en la frecuencia más baja y dilatada que le impuse al masaje. Sentía que él deseaba frenarme.

No quiero ducharme. No quiero quitarme de encima de mi piel lo que he sentido. Ojalá pudiera conservar tu olor y tu semen sobre mí.

No le interrumpí. Todo era muy halagador. Podría haber dicho lo mismo de él, pero preferí callar.

Culpable

Yo me sentía algo culpable por no haber sabido controlar mi eyaculación. De hecho, en mi trabajo lo veo como un error. Mi servicio no es el de un escort, y quien desea un masaje erótico no siempre desea que el masajista disfrute tanto como él.

Aunque algunos clientes se sienten menospreciados si no eyaculo con ellos.

Para no eyacular existe más de una razón. Cuando realizas más de tres masajes en un día, tienes que imponerte unos límites. Aparte de mi vida privada, que mantengo viva protegiéndola de este tipo de tentaciones.

Nuestras copas balón de Gin&Tonic seguían sobre la mesa de cristal que cubría aquella raíz de árbol. Sobre un charco de agua y el hielo derretido. Juan Carlos sacó dos copas nuevas y preparó dos Gin&Tonic más.

Tener paciencia para él no me parecía un esfuerzo, así que me quedé a escuchar lo que tenía que decirme.

¿Todos tus masajes son así?

Claro que no. Cada cliente es distinto, y cada sesión también. Incluso con el mismo cliente, siempre ocurren cosas diferentes. Es como el fútbol: el juego es el mismo, pero todos los partidos son irrepetibles, y el resultado también.

Lo pillo. Cierto.

Juan Carlos me sonrió, algo pensativo. Parecía estar planeando algo. Chocamos las copas de nuevo.

Preferí escuchar su silencio. La música de «The XX» tenía un efecto misterioso sobre la noche. Parecía más de madrugada de lo que quizá era.

Ví que jugaba con su cadena de oro. Las cadenas. Me hacen pensar en la posesión, la pertenencia. Las relaciones y, en mi caso, el miedo al compromiso. Jamás he llevado cadenas, anillos ni brazaletes.

El oro. La fortuna, la abundancia, la vida llena de lujos.

Tras otro trago de Gin&Tonic siguió hablando.

No te confundas. Yo no soy de nadie. Los dos lo hemos pasado muy bien. Pero esto queda aquí.

Si le hubiera dado la razón hubiera quedado insolente. Así que opté por levantarme poco a poco y en silencio, con una sonrisa educada.

Empezó a tocarse por debajo del albornoz. Adiviné otra erección. Me sentí tentado a seguir jugando.

Educación

El partido acabó hace rato. Debo irme.

Se incorporó, algo contrariado.

Espera, no puedes irte así.

Se dirigió a una de las sillas, de cuya respaldo había colgado su chaqueta. Escuché un rumor de fricción de papeles, una cartera que se abría y más papeles. Volvió con una gran sonrisa en su rostro. Sentí un calor en el corazón.

Junto a una de las esterlícias, empezó a contar billetes verdes muy cerca de mí, en secreto o como si hubiera más gente en la habitación que no debiera vernos. Tras alcanzar el número correcto de billetes, le dije:

Ya.

Él seguía contando más billetes. Insistí.

Ya, te has pasado.

Le cogí de la muñeca, le miré a los ojos, esos ojos preciosos, y negué con un gesto de la cabeza.

Apretó aquel manojo de billetes entre mis dos manos, las cerró con fuerza acompañando su sonrisa tímida con un guiño.

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Juan Carlos

Creí que Juan Carlos y yo habíamos alcanzado ese punto en el cual cualquier cosa funcionaría.

Si no has leído la primera parte, puedes encontrarla en «Futbolista«.

Nuestra conversación había sido tan directa que creo que no hizo falta más. En realidad, lo único relevante era que él deseara que le atendiera yo. Sabía que estaba compitiendo en un casting a ciegas. Presentía que la mejor puntuación había sido para mí.

Por supuesto hay más masajistas que se dedican al masaje tántrico gay en Barcelona. Incluso, para un hombre bisexual como él, muchas masajistas femeninas que son auténticas virtuosas.

Supongo que Pablo, el mejor amigo de Juan Carlos, fue quien le abrió el apetito, relatándole las sesiones que tiene conmigo.

Nos vemos mañana. Pablo te dirá dónde y a qué hora.

Confieso que en ese momento se me rompió el corazón. Si estaba erecto, mi polla se deshinchó en unos segundos.

Estuve a punto de comentarle que ya tenía algunas sesiones programadas, pero confié en el destino. Además, en caso de duda el silencio siempre es la mejor opción.

Nos dimos un apretón de manos estilo americano, muy viril al tiempo que algo canalla —por no decir delincuente. Me levanté y me fui.

Aquella noche atendí al Obispo. Por suerte, es un tipo de hombre con la sexualidad propia de un adolescente que jamás lleva las sesiones hasta extremos agotadores.

Al día siguiente me levanté con una erección dolorosa. Soñaba con los ojos de Juan Carlos. Sus cejas, sus pestañas, todo ese pelo en los antebrazos. Incluso vi sus glúteos y su polla, en mis sueños. ¿Coincidirían con mis predicciones?

Malos augurios

Estuve pendiente del mensaje de Pablo hasta la hora del almuerzo. A partir de ese momento decidí olvidarlo. Tenía otro cliente a primera hora en mi estudio de masaje. Así que, si Pablo me escribía, seguramente no lo vería hasta terminar aquella sesión.

Efectivamente, escribió durante ese lapso de tiempo. Además, la primera frase que leí decía:

Paco, no podéis veros en el hotel.

Mi voz interior más pesimista me había avisado. Lo de ayer había sido un casting. Adiós, Juan Carlos.

Pero debajo había otro mensaje más.

Estará en casa de un amigo. Horario y lugar a las 9. ¿El precio es como lo que me cobras a mí? Para que pueda tenerlo preparado.

Tuve una hora de tiempo para meditar y prepararme.

Me abrió una chica filipina que se iba. Era un duplex diáfano, y sonaban «The XX» a volumen bajo, que presagiaba la amplitud del espacio. Oí una voz que me decía:

¡Pasa, Paco!

Alta fidelidad Harman Kardon, muebles de madera de El Mercader de Venecia, incluso una figura de Miquel Navarro sobre una mesa de cristal circular, apoyada sobre una raíz de árbol inmensa e intrincada. Las revistas desparramadas eran sobre todo GQ. Esterlicias y Kentias repartidas por el espacio le daban esa vida vegetal y silenciosa. Como si ahí dentro el mundo estuviera en pausa.

He colocado algunas velas, supongo que así te ambientarás mejor.

Aquel apartamento pertenecía claramente a algún amigo muy adinerado de Juan Carlos. Alguien que imaginé con gustos caros.

El duplex de Juan Carlos

Llevaba un albornoz azul oscuro con el símbolo de Tommy Hilfiger.

Me dio una palmada amistosa en los riñones. Juan Carlos —o quien fuera— había preparado una camilla de masaje en una habitación que bien podía ser la de invitados. No supe si comentarle que el Tantra es algo más íntimo. Aposté por adaptarme a lo que había preparado él. Además, aquella camilla era profesional. Amplia, robusta y con sistema eléctrico de ajuste de posiciones y altura. Sin duda se adecuaba a aquel entorno tan lujoso.

Su sonrisa era la de ayer, sus ojos eran los de ayer. Aunque a mi me hacía falta volver a la misma temperatura donde lo habíamos dejado. Una cosa es el deseo, y la otra la escenificación.

¿Qué te pones tú?

Estuve tentado de decirle que «nada», pero no podía empezar en inferioridad de condiciones.

¿Tienes otro albornoz igual?

Era evidente que aquel no sería un masaje rutinario. Porque ni el personaje ni sus expectativas eran algo rutinario. Así que me puse en modo luxury massage.

Perdona, Paco.

Juan Carlos se acercó a mí, me sentí reconocido dentro de la cara inmensidad de aquel espacio.

¿Puedo ofrecerte algo? Te propongo un Gin&Tonic.

Me parece sensacional.

¿G’Vine?

A este no me puedo negar.

Lo acompañé al mueble bar.

El sonido de los grandes pedruscos de hielo chocando en las copas balón era como un efecto adicional dentro del baño musical de «The XX».

Pero el ambiente era frío.

Brindamos, sonreímos, me guiñó un ojo. Un truco de seducción que me pareció «barato».

Estuve pensando en ti todo el día.

Sonreí. Sin necesidad de responderle, él asumía que yo también.

Unos sorbos y unos guiños después, ambos nos levantamos. Hasta que no cerré la puerta detrás de mí no tuve el control. Como el silencio de la habitación cerrada me pareció ensordecedor y hueco, dejé la puerta entreabierta. Así podíamos seguir escuchando las guitarras evocadoras y los susurros de «The XX».

Juan Carlos había alineado un sinfín de velas a lo largo de todo el perímetro de la habitación. Brillaban en la penumbra. Pensé que se había tomado una molestia que le habría llevado un buen rato, sobre todo para encenderlas todas. Quizá necesitaba delimitar «el área», ¿como en un terreno de juego?

Camilla de masaje

El rostro de Juan Carlos era mágico, me miraba con alegría y cierta curiosidad expectante. Se sentó sobre la camilla, con el albornoz puesto.

Le hubiera besado las pestañas y las cejas, pero me contuve.

Hice mis cálculos antropométricos, y sentí la necesidad de bajar un poco la camilla. Así que le pedí que me ayudara en ajustar la altura. Manejaba el mando de la camilla con soltura. Volvió a sentarse encima.

Recuperé nuestra comunicación en clave de humor.

¿Quieres comentarme algo, antes de que suene el pito del árbitro?

Soltó una carcajada de felicidad y dijo.

No, estoy en tus manos.

Y añadió, con una sonrisa:

No me interesa el pito del árbitro. Más bien el tuyo.

Empecé en silencio, acariciando su rostro. Juan Carlos se dejaba hacer en silencio. De forma instintiva cerró los ojos. Respiró hondo y empezó el viaje personal que él deseaba.

Él, sentado sobre la camilla; yo de pie ante él, ambos en sendos albornoces. En medio de la oscuridad, que temblaba al ritmo desigual de las pequeñas llamas, a lo largo del perímetro de la habitación.

Las pequeñas luces en el suelo iluminaban el contorno de sus orejas, que acaricié muy tenuemente, solo con la yema de mis dedos.

Cuando empiezas un masaje con el receptor vestido, nunca sabes cómo empezar a desnudarlo sin dar instrucciones. Como Juan Carlos llevaba el albornoz, decidí abrirlo desde los hombros hacia abajo, de forma que fuera descubriendo su pecho y su espalda.

Con las dos manos dibujé el perfil de su cabeza. Luego bajé por las clavículas. Empezó a mover sus manos, buscando algún contacto conmigo.

En algún momento le cogí una mano, y me respondió apretando muy fuerte.

Latigazo en la oscuridad

Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y empecé a reconocer su pecho. Estaba fuerte y definido, aunque no voluminoso. Su vello corporal era negro, abundante y suavemente rizado. Llevaba una medalla de oro que me recordó a Hristo Stoitxkov. Sentí un latigazo dentro de mi polla.

Su albornoz empezó a caer solo, mientras se abría, aunque sin poder precipitarse al suelo, ya que Juan Carlos estaba sentado encima de él. Sus brazos eran fuertes pero, como su pecho, no tenían un volumen exagerado.

Supe que sus piernas eran como una mitad totalmente distinta de su cuerpo, por ser la parte que más trabajaba y necesitaba para jugar al fútbol.

Me vino a la mente la imagen del fauno, con su pene rampante. Trabajé suavemente sus pectorales, sin llegar a rozar los pezones, que suelo dejar para más adelante, en cuanto la temperatura sube más.

Juan Carlos se estremeció. No era de frío. La apertura del albornoz dejaba asomar algo que primero no identifiqué.

Era su capullo de color ciruela. No se podía reconocer más que su glande, liso, enorme y mate. Era lo único que asomaba de entre la tela del albornoz. Tanto la penumbra de la habitación como la tela azul oscura del atuendo no ayudaban a dibujar más partes de su cuerpo.

Lo oscuro vibraba, y me llegó por primera vez el olor de sus testículos. Efluvios de nuez. Sequedad, aspereza. Masculinidad excitante.

Era imposible ver más. Tanto la oscuridad como el albornoz formaban un túnel oscuro que apetecía mucho penetrar.

Abrió los ojos. Sin estar desorientado, como yo hubiera deseado.

Esto no funciona.

Dijo sonriendo. Se dio cuenta de mi expresión interrogante.

¿Estás bien?

Quise asegurarme.

Sí, y a punto de marcarte un gol.

Me reí, y supe que todo iba bien.

Albornoces, fuera

Entiendo que se estaba controlando, y que seguramente le apetecía hacer lo que hace en cualquiera de sus encuentros sexuales, ya sean con mujeres o con hombres.

La primer fase del masaje Tantra estaba funcionando. La toma de contacto, la conexión en silencio y la excitación.

¿Puedo ponerme de pie?

Casi sin darme tiempo a responder, Juan Carlos se impulsó suavemente hacia adelante, y se quedó de pie ante mí.

Hubiera sido fácil abrirle el albornoz del todo para dejar que apareciera el resto de su pene. Pero estábamos «en el centro del área» y no iba a regalarle una pelota tan fácilmente.

Le sugerí que se echara sobre la camilla. Él bajó la mirada para comprobar si podía ver algo más de mi cuerpo en la penumbra.

Ya que dejó caer el albornoz al suelo, hice lo propio, sin dejar de mirarle a los ojos. Interpreté aquella mirada, en medio de aquel silencio, como un reto.

En ese momento yo no estaba tan erecto como él, y quizá se sintió decepcionado. Obediente, se tendió boca abajo, realizando un suave movimiento de cadera para acomodar su pene.

De pie ante la camilla, mi pene quedaba a la altura de su cuerpo. Realicé una caricia estilo Hawai desde su nuca hasta sus pies. Pude apreciar cómo se erizaba el vello, que también cubría parte de su espalda.

Aproveché que sus pies estaban a la altura de mi pubis para rozarlos «en un descuido» con mi polla. Además del trabajo manual y energético, empecé a darle unas pinceladas de erotismo.

De vez en cuando subía gemelos arriba con mis dos manos, cuádriceps arriba, intentando alcanzar sus nalgas, de pie a sus pies. No solo era un esfuerzo postural y de equilibrio. Formaba parte de mi estrategia sensual. De este modo, mi polla quedaba entre sus pies. Movió su cabeza ligeramente, supongo que reconociendo «mi presencia». Juntó sus pies par aprisionar mi polla entre ellos.

Los pies del futbolista

No hay nada que me excite más que el contacto con los pies. Y Juan Carlos los usó con maestría, como buen atleta del balón-pie. Con sus movimientos lograba masturbarme, y lo hacía con cuidado, suavemente.

Pasé mi pene erecto por la planta de ambos pies, apretando lentamente. Alzó su cadera. Intuí que su pene se sentía confinado. Igual aumentaba de volumen o se petrificaba.

Seguí torturándolo con más trabajo suave en gemelos e interior de las piernas, hasta que alcancé sus glúteos.

Incluso en la oscuridad, pude disfrutar del tono moreno de su piel, subrayado por su vello negro. Toda esta mitad de su cuerpo era el no va más del poder muscular y del morbo anatómico.

La dureza, el calor y la visión de esas piernas más que robustas, la definición abrupta de sus gemelos no podían competir con la suculencia de sus glúteos. Me siento incapaz de describirlos. En ese momento, más que amarlos con mis manos, los hubiera besado, qué digo, comido. O devorado. Un instinto animal tomó posesión de mi polla, y no deseaba otra cosa que pasarla por encima de sus glúteos de melocotón, como una forma de adorarlo.

He visto glúteos irresistibles. Pero aquellos, daba ganas de poseerlos en todos los sentidos. Como cuerpo, como forma, como trofeo. Imaginé una escultura de sus glúteos en medio del jardín de una gran mansión.

Un deseo irrefrenable de penetrarlo me entrecortó la respiración. Lo mejor hubiera sido abrir sus piernas, acercarme a él e introducir mi pene y después el resto de mi ser dentro de aquellos glúteos adorables e irresistibles.

Sus glúteos cobraron vida y empezaron a balancearse suavemente, como bailando de un lado al otro, a veces con movimientos circulares. Ante aquella visión era francamente difícil resistirse.

Su cabeza continuaba totalmente horizontal, bien colocada en el hueco que a tal efecto tenía el extremo de la camilla. Aquello podía hacer pensar que sus reacciones no fueran voluntarias, pero el aura de Juan Carlos me decía que todos sus movimientos estaban estudiados.

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