Papá e hijo es el nuevo relato erótico gay que te sorprenderá

papá e hijo relato erótico
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Papá e hijo es una de las fantasías eróticas más recurrentes. Hace unos años, cuando Alek aun vivía y trabajaba en Barcelona, ofrecíamos este menú temático a 4 manos. Alek no solo era un excelente masajista tántrico, también un chico cuya belleza física rozaba la perfección.

Alek y yo nos llevamos unos 15 años, de modo que él era el típico hijo universitario, y yo el padre joven pero ya maduro.

Esa fantasía excitó a muchos hombres a que desearan participar en este masaje a cuatro manos tan especial. Eran hombres que jamás se habían planteado recibir un masaje tántrico o un masaje erótico, así que fue este juego de rol lo que les abrió las puertas a descubrir nuevas experiencias como el masaje tantra.

Con el tiempo empezaron a llamarme también hombres que deseaban ser mi hijo —de todas las edades.

Tarde de otoño

Pero volvamos al relato.

Aquella tarde de otoño era especialmente incómoda. Había un viento intermitente, molesto por imprevisible. Daba esos golpes de aire que de vez en cuando presionan la puerta o las ventanas de mi casa.

Sonó el teléfono. Sin mediar saludos previos, como haría un hijo, aquella voz joven dijo:

Papá, quiero venir a verte esta tarde.

Mi mente hizo un «click» de forma instantánea.

Claro, hijo. ¿A qué hora quieres venir?

Papá e hijo

En aquellos meses yo atendía en un centro de masajes en el Eixample de Barcelona. La cita sería a las 10 de la noche, después de que las chicas que atendían allí ya hubieran marchado.

En el centro de masajes reinaba un silencio sepulcral. Encendí algunas de las velas del pasillo hasta el gabinete y lo preparé para mi hijo. Aquella tarde la penumbra vibraba con una magia retorcida.

Comprobé una vez más el aspecto del gabinete. El tatami con su espejo, una cómoda con velas e incienso, una sillón amplio y el galán para colocar bien puesta la ropa bien puesta. Las toallas enrolladas como en un balneario, y la vela calentando el aceite junto al tatami.

Sonó el timbre y abrí la puerta. Mi hijo era alto, rubio y apuesto. Tendría unos 25 años. Ignoro cómo se llamaba.

Cuánto tiempo hijo. Me tuviste abandonado. Estoy contento de que hayas venido por fin.

Sí, papá. Ya vine para quedarme.

Mi hijo me dio un abrazo. Estuvimos unos minutos de pie. Él respiraba suavemente, notaba su aliento en mi cuello. Puso su cabeza en mi pecho, me miró con un aire de culpabilidad, como si pidiera perdón.

Pasa al gabinete.

Desnúdame tú, papá, como antes.

Mi hijo se quedó hierático y silencioso en el centro del gabinete. Primero le quité el abrigo. Él cerraba los ojos y parecía temblar, aunque yo no imaginaba por qué.

Como antes, como siempre, papá e hijo

Cierra la puerta, papá.

Me asombró que estuviera pendiente de tantos detalles, pero tenía su lógica.

Cuando llegué al cinturón pude apreciar un bulto exagerado. Mi hijo seguía inmóvil. Con cuidado, bajé el pantalón, él levantó primero un pie y luego el otro para facilitarme la operación.

Cuando se quedó en slip y camiseta vi un estudiante frágil y aterrorizado. Pero con una erección difícil de disimular. Su piel era clara y lisa, no tenía tatuajes. Tenía todo el aspecto de un universitario educado, correcto y sano.

A través de su camiseta imperio intuí que sus pezones estaban dormidos.

Mi hijo miraba al suelo, avergonzado.

Hijo, no sientas pena. Estoy aquí, contigo. Nada malo puede pasarte.

Obvié su erección. Tras desnudarlo por completo, y de forma lenta y cuidadosa, empecé a desnudarme delante de él. Como haría un papá e hijo en la realidad. Yo simplemente llevaba mi camiseta negra y un pantalón de deporte negro.

Cuando hice el gesto de bajarme el pantalón, mi hijo se acercó.

¿Puedo?

Se arrodilló frente a mí y respiró con ansiedad. Convirtió un gesto sencillo y rutinario en un ritual pausado pero lleno de evocaciones.

Me pregunté qué significaría para él ese momento. No era ni masaje ni sexo lo que vibraba en esa habitación.

Milímetro a milímetro fue bajando el pantalón. Como si retrasara el enfrentarse a lo que se escondía. Como si temiera y deseara al mismo tiempo reconocer el contenido de ese pantalón.

Yo aun estaba semi-erecto. Al aparecer mi pene expuesto frente a su rostro, mi hijo se detuvo. Abrió los ojos y la boca con sorpresa.

Qué grande, papá.

¿La recuerdas?

Mi hijo permaneció en silencio. Acercó su nariz a mi vello púbico y aspiró lo que supuse era un aroma para él, evocando momentos del pasado.

Pacto sin palabras

Me agaché para que nuestros rostros estuvieran frente a frente. Somos papá e hijo. Le miré a los ojos con ternura.

¿Quieres echarte en la cama?

Claro, papá.

Evidentemente no era una cama, era la superficie del masaje. Una base amplia de tatami japonés con la dureza y la amortiguación exactas para facilitar el masaje.

Obediente, mi hijo se tumbó sobre el tatami, con el slip y la camiseta aún puestos.

Empecé un masaje especialmente suave y tierno, suponiendo que a partir de ahí podría seguir con mi trabajo, descansando de la presión que supone llevar a cabo un rol tan concreto. Me di cuenta de que no habíamos pactado nada, tan solo el precio, pero que había asumido una responsabilidad que me llevaría hasta un horizonte desconocido. Quién sabe los peligros que se agazapaban tras cada uno de los minutos.

Cuando mis manos alcanzaron el interior de sus muslos, mi hijo empezó a retorcerse. Dudé, no supe si detener el masaje. Empezó a mover la cadera de lado a lado. En sus movimientos había impaciencia, incomodidad y deseo.

Fui muy cauteloso, y no le quité el slip.

Mi hijo se dio la vuelta, mi miró implorándome.

Llévame en brazos, papá.

Observé que su erección era aún más potente que al principio, y confieso que yo también me estaba excitando más. Su forma de respirar era ansiosa, y no dejaba de clavar su mirada en mi pene.

No supe interpretar qué significaba «llevarlo en brazos», y me arrodillé a su lado. Empezó a acariciar mi pecho. Con la mirada absorta repitió:

Cárgame en brazos.

Pasé mis brazos debajo de sus piernas y su espalda y lo levanté, con la devoción que merecería un Cristo yaciente. Me costó levantarme porque su peso no era despreciable. Era alto y, aunque delgado, pesaba lo suyo.

Primero echó su cabeza para atrás, como si fuera a desmayarse.

Papá e hijo, en brazos

Pero inmediatamente cambió de idea. Irguió la cabeza y me miró a los ojos.

Te deseo, papá.

De pie, con mi hijo en brazos, me quedé atónito.

Con un movimiento diestro, mi hijo se colocó de frente hacia mí, rodeando mis caderas con sus piernas. Me rodeaba el cuello con sus antebrazos. No estaba claro quién sometía a quien.

Hazme tuyo.

Lentamente, sin soltarlo, me senté sobre el sillón para aliviar el esfuerzo de sostenerlo en pie. Él adelantó su pubis de forma que su pene erecto y sus testículos rozaran mi pecho. Empezó a moverse lentamente, frotándose contra mí. Me miraba fijamente.

Mi pene se imantó a su espalda, y al notarlo, mi hijo pareció enloquecer.

Papá tómame, tómame, ¡tómame entero!

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Otra vuelta de tuerca

A pesar de la incomodidad de la postura y del peso de mi hijo, mi excitación fue en aumento.

Mi hijo se abalanzó a mi cuello, deseando besarme. Restregamos nuestros rostros el uno contra el otro, él disfrutando del roce de mi barba, casi como haría un gato.

Aunque no los habíamos pactado, yo tenía mis límites, y fui muy cauto al no asumir nada más que lo que estaba ocurriendo segundo a segundo. Me mantuve expectante ante sus siguientes peticiones.

Levántame, papá.

Me levanté de la silla, erecto y sosteniendo todo su peso. Lo dejé caer un poco de modo que percibiera el roce de mi pene en su perineo, que le enloqueció. Realicé movimientos pélvicos suaves, insinuando que iba a penetrarlo en cualquier momento.

Su slip estaba completamente mojado de líquido pre-seminal, y seguía empujando sus caderas contra mi vientre. Mi hijo respiraba con una impaciencia creciente.

En ese momento vi que sus pezones estaban totalmente erectos, se notaba a través del hilo blanco de su camiseta imperio.

Percibimos que algo empujó la puerta del gabinete, y se oyó el chirriar de otra de las puertas del piso a oscuras. Estaba claro que era un golpe de viento.

Mi hijo entró en pánico y preguntó ansioso:

¿Hay alguien?

Sí. Es mamá.

Sentí un abrazo violento, desesperado. Ese abrazo quería ahogarme.

Sentí un calor espeso sobre mi pubis. En ese momento mi hijo eyaculó. Fueron chorros y chorros de semen que desbordaron su slip. Cayó semen por los lados, mojando sus testículos y mi vientre. Casi todo su semen traspasó la tela del slip, embadurnando mi bajo vientre.

Se quedó inmóvil y en silencio, abrazado a mí, con su cara besando mi nuca.

Soy tu zorra.

Añadió, deseando halagarme.

Sus besos eran desesperados, compulsivos. No pude ver si lloró, tampoco puedo imaginar si hubiera llorado de alegría o de dolor.

Epílogo

Yo estaba atónito. Atónito con el extremo al que había llegado mi propio juego de rol, y también con su reacción. «Mi hijo» había hecho realidad la escena más deseada de su adolescencia.

Tras ducharse y vestirse en silencio, como si nada hubiera ocurrido, se dirigió a la puerta. Casi sin esperar que lo acompañara.

Vuelve pronto, hijo.

Ya con un pie en el peldaño inferior, el chico se giró para mirarme a la cara. Aquella fue su única mirada real. Todas las otras habían sido miradas hacia su padre.

En su rostro había un sorpresa con desprecio. Podía leerse claramente en su expresión:

Quién te crees que eres.

A menudo ignoramos que, como las muñecas rusas, una figura puede hallarse dentro de otra mayor. Tampoco sabemos en qué orden caben dentro el uno del otro papá e hijo.

Días después, un amigo terapeuta me comentó que mi forma de afrontar aquella sesión había sido dañina. Con ella estaba reforzando el trauma de aquel chico, lejos de sanarlo.

Mi trabajo es dar placer.

De lo que estoy seguro es de haberle proporcionado un estado de excitación extrema, que su placer sexual fue enorme y quizá irrepetible. Dado el final y su forma de mirarme como a un extraño, también me quedó claro que aquella experiencia cerraba un paréntesis en su vida.

Tan real que duele

Ignoro si después deseó borrar de su mente aquel episodio. También ignoro si fue demasiado real como para preferir que no hubiera existido.

Existen personas que no quieren alcanzar lo que en realidad necesitan. Porque el sentido de su vida se desvanecería.

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Si deseas leer otra historia muy tórrida, te animo a que le eches un vistazo a Fernando de Brasil.

A los amantes del fútbol os recomiendo Juan Carlos, un relato erótico que no esperas.

También, si sabes inglés o empleas un traductor, te recomiendo el relato super excitante del masaje a pareja que realicé junto a Jack. Me comentan que es un relato adictivo que te deja con ganas de participar en él.

Antes de terminar, quisiera dejar claro que nunca olvido cuál es mi oficio. Aunque las tentaciones de la carne son frecuentes y acuciantes, mis límites están claros. Muchas veces el hecho de pedir penetración responde a un simple impulso verbal del cliente. Alguno de ellos me ha comentado que «no lo decía en serio», pero que «necesita verbalizarlo».

¿Seré capaz de frenarme siempre?

Finalmente, por si sientes curiosidad, mira las diferentes tarifas de masaje que ofrezco, empezando por el Masaje Relajante. ¡Querrás más!

Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!