Polla como un pepino

Polla como un pepino
Polla como un pepino

«Una polla como un pepino», pensé al ver erecto a Mario. Pero antes de ese momento aún pasaron varias cosas, todas ellas inesperadas.

Mi amiga Vanessa había cerrado su estudio de masaje en Gran Via con Universitat. Los precios de los alquileres en Barcelona se estaban disparando y los gastos sobre este y cualquier otro negocio se hacían insostenibles.

Así que busqué un piso asequible, pero con el espacio suficiente para atender a mis clientes. Por fin me sentiría más libre de usar un gabinete o una suite sin tener que coordinar horarios con otras masajistas.

Me costó unos meses encontrarlo. Durante ese tiempo fui atendiendo en gabinetes de alquiler. También me ocurrieron cosas dignas de relatar, que quizá añada en próximos relatos. La verdad es que las habitaciones alquiladas tienen un efecto distinto sobre el factor morbo en los masajes.

Es curioso como, cada vez que puedes visitar un piso para alquilar, ya hay alguien que lo ha reservado.

Así que, cuando acabé de visitar este piso en la calle Aragón, firmé sin dudarlo. Cumplía todos los requisitos excepto el precio, pero decidí apostar fuerte. Mis clientes lo merecen.

Polla como un pepino

Pocas semanas después de instalarme, y tras atender varios clientes internacionales, me escribió Mario. Su foto de perfil en el whatsApp mostraba un rostro cándido, sereno, casi angelical.

Como un estudiante de Colegio Mayor con su jersey de cuello de pico en una foto oficial, bien iluminada. Su mirada era pacífica, y su forma de dirigirse a mí por escrito era muy educada. Pedía un horario disponible para un masaje.

Me ví forzado a colocarle en un horario algo apretado, ya que a las site tenía a Dani, un cliente a quien aprecio mucho. Dani me había pedido una sesión especial, y sinceramente, me apetecía.

De forma que me planteé el masaje de Mario como una cita algo forzada en cuanto a horario.

El paso de Mario

Es increíble como una foto te puede condicionar tanto. Al abrirle la puerta a Mario, me encontré con un chico en sus 30, con una expresión bastante canalla, muy alejada de la de aquel rostro angelical de la foto. De nuevo, mis prejuicios se demostraban erróneos.

No era tan alto como yo, pero su constitución transmitía solidez y un anclaje rotundo en el suelo. Una sensación de gravedad elegante que no sabría describir de otra forma.

Tras el apretón de manos, él mismo tomó la iniciativa y se adentró por el pasillo, esquivando las velas, hacia la sala grande que había decorado para el masaje.

Su forma de caminar era de hombre fornido. El pantalón americano, tipo «caki», dibujaba unas nalgas potentes y muy masculinas, entre cuadradas y redondas. No era muy alto, su paso decidido pero pausado, una oda épica a la masculinidad. Lo cierto es que me detuve a disfrutar de esa visión, sin darme cuenta de que olvidaba a Dani, que vendría después.

Como si un felino intentara imitar el paso de un oso. Realmente, Mario era de una especie por clasificar.

Una vez en la sala, se dio una vuelta sobre sí mismo para apreciar el espacio y tomar contacto. El biombo, el sillón de cortesía, el galán para dejar la ropa. El tatami de masaje frente al espejo. Intenté ver lo que veía él.

La luz de la tarde era limpia, aunque unas grandes cortinas grises nos protegían del exceso de sol. Mario s fijó en la vela de té que calentaba el cuento de aceite.

Acento inconfundible

Sonrió y me dijo que quería el masaje básico. Abrió la billetera y vi que sus dedos eran igual de poderosos que sus nalgas. Dedos cortos pero robustos. De movimientos precisos y elegantes. Contó los billetes exactos para no tener que pedir cambio.

Tienes acento portugués.

Sonrió con la misma ironía de sus palabras:

Es inevitable.

Como su masaje no incluía mi desnudez, me quité la camiseta y el pantalón, para quedarme en el slip. Mientras, él se desnudó de cara al galán, de espaldas a mí.

Al darse la vuelta pude apreciar su cuerpo armonioso, viril y robusto, sin ningún tipo de exceso. Ni muy muscular, ni muy definido, pero tampoco falto de tono. Es de los que seguramente no quedaría bien en fotos, aunque su presencia real era poderosa.

En ese momento su pene estaba fláccido, y nada hacía prever en lo que se transformaría después. Era muy obvio que no estaba circuncidado.

Como siempre hago con cada cliente, le pregunté si tenía alguna sugerencia o alguna pregunta. Su tono podía llegar a ser cortante, pero era decidido.

No.

Así que empecé el masaje siguiendo mi protocolo habitual. Pies, piernas, unos glúteos que disfruté como pocos, su espalda perfecta.

Mario estaba callado, y al llegar a la parte superior de su espalda le pregunté:

¿Cómo estás?

¡Claro que muy bien!

El «claro» me recordaba a mi ex pareja de Brasil, quien lo usaba como un elemento para enfatizar, lejos de significar una obviedad.

Cucurbitáceas

Hay un momento que los clientes desean mucho, y es justamente el de darse la vuelta para mostrarse de frente.

En ese instante suceden las cosas más inesperadas. Desde penes erectos bombeando líquido pre-seminal hasta penes en hibernación. Hombres avergonzados tanto por estar erectos como por lo contrario.

Miradas de rutina… o la mirada de Mario.

Mario me miraba fijamente. Sus ojos eran de un ámbar fascinante. No apartaba sus ojos de los míos. Estaba fuera de sí. Había algo en ese rostro que me transmitía embelesamiento, adoración.

No esperaba ver pasión en su mirada, tras aquel inicio del masaje tan silencioso.

Intenté ignorarlo, aunque tuve que tragar saliva. Como si tal cosa, empecé a trabajar sus cuádriceps.

Bajo la mirada atenta de Mario, totalmente incorporado para verme bien, seguí trabajando el interior de sus muslos. Usé aceite caliente, y a media que me iba acercando a sus testículos me fui asombrando por la forma de su pene.

Decir que estaba erecto es quedarse corto. Se levantaba solo y se movía latiendo al ritmo de su corazón. Tras su campo visual estaba el rostro atónito de Mario, con la boca entreabierta y como fuera de sí.

Fue entonces cuando me di cuenta de que aquella era una polla como un pepino. No era muy larga, pero era contundente, de forma algo elíptica, más gruesa en su parte central. Además sus venas formaban esa textura nudosa propia de los pepinos frescos.

A diferencia de otros, su glande no sobresalía como las pollas en forma de seta. Seguía perfectamente la curva desde la raíz hasta la punta.

Fascinación

No estaba circuncidado, y el frenillo cubría casi enteramente el glande con su piel fina y tensa. Parecía que tenía alguna dificultad para descubrirse del todo, y eso también me daba morbo en aquel momento.

A pesar de toda esta fascinación, me mantuve impasible en apariencia. Pero Mario enloquecía, seguramente porque yo no terminaba de llegar a esas partes. Aun no había llegado a sus testículos, y menos a su pene.

Aquello no era un masaje, era una tortura para ambos.

Mario seguía mirándome, fuera de sí y en silencio.

Me dije a mí mismo, como hablándole a Mario:

Esto te pasa por pedir un masaje básico.

Existen momentos en los que pienso que la telepatía es un hecho, porque su expresión cambió de repente. Mario echó la cabeza para atrás y lanzó un gemido de frustración, quizá de rabia.

Lentamente empecé a rozar sus testículos, que se contrajeron como las antenas de un caracol. Su piel rugosa, con algo de vello, se encogió de excitación y Mario aspiró aire entre sus dientes y sus labios, casi con dolor.

Unté sus ingles y su zona púbica con aceite caliente. Su polla como un pepino empezó a latir con más fuerza, y se levantaba como para llamar mi atención. Todo él, su cuerpo, su mirada y su polla estaban en un estado de tensión expectante.

Mirada penetrante

Recordé su foto de whatsApp, serena y cándida, y la comparé con la expresión furiosa de pasión que tenía ante mí en ese instante. De esa foto nadie deduciría que el chico tiene la polla como un pepino.

Mis técnicas tántricas estaban logrando un efecto mucho más intenso del que yo mismo esperaba. Mario seguía en silencio, pero su mano izquierda empezó a arañar mi pierna derecha.

Descarté trabajar más sus testículos y me salté el masaje lingam. En vez de eso decidí trabajar su zona abdominal, y subir lentamente hasta sus pectorales. Vi que sus pezones estaban erectos. Los rodeaba algo de vello oscuro, un detalle algo adolescente, pero muy morboso.

Mario no dejaba de taladrarme con su mirada, y seguía inspirando aire lentamente, provocando aquel sonido de contención rabiosa.

Como fui acercándome hacia su pecho, mis piernas estaban más cerca de su mano. De repente sentí que su mano aprisionaba mi polla.

Si deseas seguir leyendo el relato acerca de Mario y su polla como un pepino, o cualquiera de los restantes relatos eróticos gay, ya sabes.

Para peticiones concretas, por favor contacta y comenta.

Por Paco

Me llamo Paco. Soy un masajista masculino especialista en masajes prohibidos por su alta carga de morbo y secretismo. Mi discreción es total para protegerte. Disfrutar de un masaje prohibido puede ser una decisión difícil, pero es tan legítima como placentera. ¡te encantará!