«Pagar por sexo es algo que no haría nunca»
Esta es una de las frases más divertidas que oigo con frecuencia, aunque me dedico al masaje tántrico gay en Barcelona.
«Yo no pago por sexo».
¿Divertido? Sí, porque es la voz de la candidez disfrazada de ignorancia inconsciente. ¡Alma de cántaro! ¿Por qué me lo dicen a mí, si jamás le he propuesto sexo a nadie? Acompáñame en este viaje, que deja desnudos a muchos hombres —ojo, que tampoco cobran.

Las amigas del miedo
Como no ofrezco sexo, el hecho de que me anuncien ese «no pago por sexo» debe de responder a un ataque preventivo: una forma de defenderse de algo que aún no ha ocurrido. El motivo es que muchas personas confunden el masaje erótico y el masaje tántrico con otros servicios —también profesionales, y por tanto remunerados.
¿Quizá es lo que realmente desean, y no se atreven a pedir? ¿Es el subconsciente quien habla —y se defiende antes del «por si acaso»? Ver cosas donde no las hay es el indicio de una intención oculta. Ya ves que este tema es como una cebolla: tiene muchas capas, así que vamos pelándolas.
¿Por qué no «queda bien» pagar por sexo pero sí pagar para que te cocinen?

Pagar por sexo no es nada malo
De todos modos, aunque el masaje erótico fuera un servicio sexual, pagar por sexo no sería nada malo. Ni vergonzoso, ni humillante. ¿Por qué debería serlo? Con una condición ineludible: siempre y cuando el profesional lo haga de forma voluntaria y se sienta correctamente remunerado.
Lamentablemente existen millones de personas que trabajan muchas horas a cambio de sueldos muy bajos, con la desventaja añadida de vivir lejos de sus puestos de trabajo. A eso le llamaría explotación. Y sin embargo, nadie se rasga las vestiduras. Tampoco olvidemos a quienes realizan trabajos domésticos no remunerados —y además son «esclavas sexuales» del mismo que no les agradece nada. En mi opinión, hablar de «dignidad» en ese contexto tiene cinismo como mínimo.
Pagar por sexo: el permiso para humillar
A quien «no paga por sexo» todo esto le resulta indiferente. Su dignidad «está muy por encima». Pero querer ver algo humillante en el sexo equivale a despreciar la sexualidad de uno mismo. ¿Tu propio deseo sexual es una vergüenza? Ponerlo en práctica, pagando o no, ¿te insulta?
Además, despreciar el valor de un servicio equivale a poner en duda el valor de tu propio trabajo. Porque quien no paga por sexo, no se escapa de pagar:
- Los alimentos y la restauración
- Su médico, su dentista
- El alquiler o la hipoteca
- La factura del teléfono, el wifi y Netflix
- La ropa con la que se viste
- El mecánico de su coche, o el transporte público
- Los impuestos y las tasas
- Su propio entierro
Todo tiene un precio. Vivimos en una sociedad de intercambios porque lo hemos decidido entre todos —desde los tiempos del Neandertal. Y como ese trabajo «por el que no pago» es el oficio más antiguo del mundo, somos todos descendientes de este tipo de profesionales. Unos más directos, otros más indirectos. ¡Horror! ¿Lo llevaremos en el ADN?
Pagos «a la sombra»
El sexo, al final, también lo pagas, aunque no lo sepas o no quieras ser consciente de ello. Con dinero o no, de forma más directa o más artificiosa, pero siempre es un intercambio. Quien «no paga por sexo» muchas veces es incapaz de reconocer de qué forma le están usando. Te invito a leer novio caro, una entrada que ha dado mucho que hablar. Pero los trucos mentales no terminan ahí.

Lo que dice quien ha venido
Esto es lo que escriben hombres reales, antes y después del masaje:
«Soy muy tímido y me aterraba llamarte. Aunque tenía dudas y necesitaba aclararme. Ante mi sorpresa, no tardaste ni 10 minutos en responder mi WhatsApp. Y gracias a tu tono calmado sentí la confianza para seguir escribiendo. Luego ya me vi capaz de hacer una llamada de voz».
«Nunca he querido pagar por sexo. Ni me hace falta. Me dijiste que el masaje no es sexo, sino algo disiento. Pero lo que describes es bastante sexual. Creo que si hay orgasmo, es que hay sexo. Pero para entenderte me hizo falta darle vueltas. Claro que tenía un deseo irrefrenable de probarlo. Ahora ya hace unos días que lo disfruté. Ya que era una vez en la vida, pedí el masaje más intenso de todos».
«Básicamente te escribo para decirte que ha sido un masaje mágico. En ningún momento tuve la sensación de pagar por sexo. Todo fluyó natural, sin protocolo rígido. Muy sano, muy pacífico. Auténtico. Pero también muy morboso y excitante. Estabas tú, me mirabas, sentías, tus caricias eran tiernas. Me sentí deseado, respetado, venerado, correspondido, excitado».
«Todo lo que no te dije ni antes ni después del masaje te lo escribo ahora. Sé que me miraste como a un bicho raro, alguien muy tímido e incapaz de expresar lo que desea. Pero adivinaste lo que necesitaba y me colmaste de una satisfacción que difícilmente puedo encontrar pagando por sexo. Ni siquiera con una pareja que me quiera».

«Nunca pago por sexo. Que conste que quiero probar el masaje por curiosidad»
No hay ningún problema. El masaje erótico no es sexo. No estás pagando por sexo sino por una experiencia diferente. Volvamos al masaje.
«No veo la diferencia. Explícamela».
Podemos empezar por las similitudes, que también las hay:
Lo que tienen en común
- Es un servicio íntimo
- Personal y privado
- Puedes alcanzar el orgasmo si lo deseas —sin obligación, es un efecto colateral
- Aporta satisfacción sexual
- Existe genitalidad
Bien. Entonces ¿por qué no es sexo?

Por qué el masaje no es sexo
No puede llamársele sexo al masaje porque el masajista no emplea sus órganos genitales. Su función es crear y dar placer, evitando la implicación propia del sexo.
El masajista usa un protocolo profesional, no improvisa. Conoce y emplea técnicas que en el caso del masaje tántrico gay requieren formación específica. El masaje, como trabajo terapéutico, exige también equilibrio emocional.
Curiosamente, los clientes más asiduos de trabajadores sexuales se sienten atraídos por chicos con carencias emocionales y vidas desestructuradas. Y esos trabajadores basan su trabajo en la improvisación —cuando no en la rutina y la apatía. Y, sobre todo, en el dinero. Con suerte, realizan las prácticas que les piden los clientes; o las que saben hacer, o «las de siempre».
Por el contrario, el receptor de un masaje no «usa» el cuerpo del masajista a su libre albedrío. Tampoco tiene acceso a sus genitales o a su boca sin permiso.
«Pero hay masajistas que practican sexo. Te lo ofrecen de estranquis».
Seguramente. Y también te adelanto que habrá poco masaje. La sesión durará lo que tardes en eyacular —10 o 15 minutos. ¿Es eso lo que buscas?
«Si sexo es follar» ¿qué es pagar por sexo?
Si al sexo lo llamamos «follar», ninguno de mis clientes puede decir que ha tenido sexo conmigo. Sin embargo, han experimentado un placer sexual que supera en mucho algunos de sus polvos. Como dicen varios de ellos:
«Este ha sido el mejor polvo de mi vida». Insisto: sin sexo.
El masaje erótico gay dura bastante más que un polvo normal, precisamente porque consiste en prolongar el placer. Empleo técnicas de control de eyaculación y estímulos que eternizan el disfrute — una hora, hora y media, dos horas. Durante ese tiempo se crean complicidad y confianza que un chapero solo puede crear a base de varios encuentros, y con mucho interés por ambas partes.
«La sensación de intimidad que tuve durante tu masaje supera la que tengo con mi pareja».
«Después de salir del chapero siento vergüenza. Contigo, no».
«No busco follar. Busco un masaje de calidad, sensual, morboso, erótico. Una experiencia de autenticidad que me aporte algo más que una paja».
La arrogancia: el factor que nadie menciona
Existe un factor adicional que en realidad es una actitud: la arrogancia. Algunos hombres que declaran «no pagar por sexo» se creen de un atractivo fuera de lo común — a veces desmesurado, cuando no ridículo. Olvidan que no todos los ven tan irresistibles como se ven a sí mismos. Y existe algo muy cruel: el paso del tiempo.
Uno de mis clientes me enviaba fotos suyas tomadas cuando tenía 25 años, supongo que para seducirme. Este hombre, de una belleza sublime para aquellos tiempos, sigue encallado en ese instante lejano. Cincuenta años atrás. Él tampoco «paga por sexo» — de su juventud ha conservado la arrogancia y el narcisismo. Lo gracioso es que siempre somos los demás los «patéticos».
La vergüenza de pagar por sexo
La vergüenza es propia de sociedades culpabilizadas. Tanto las religiones como las morales sociales han dedicado milenios en culpabilizar el sexo. Por eso se usa esa etiqueta vergonzante. Existe la creencia de que quien solicita estos servicios es porque «no liga». O porque es una persona «viciosa». No contemplo ninguno de estos motivos. Hoy pagamos por lo que nos apetece.
«Tengo derecho a mi jardín secreto. Ni siquiera mi pareja sabe en qué consiste. Y la gracia está justamente en que es secreto».
«No acepto injerencias en mi vida. Soy yo quien paga mis facturas. Comentarios, los justos».
Lo que el masaje no contiene
Me he resistido durante años a practicar sexo oral con mis clientes, precisamente porque no forma parte de ningún tipo de masaje. Recientemente he incorporado el menú Tantra Fusión como forma de satisfacer peticiones muy reiteradas de clientes a quienes atiendo desde hace más de diez años. Es una práctica adicional que no considero masaje — y que el receptor tampoco entiende como sexo.

¿Qué harás con esto?
Si necesitas más información, ya sabes cómo encontrarme. Antes de dar el paso, mira qué opinan quienes ya han venido. Y si tienes dudas sobre qué esperar, las preguntas frecuentes las resuelven todas.